sábado, 8 de noviembre de 2014

"El hombre que amaba a los perros"



El hombre que amaba los perros es la historia de un asesinato. Y no es un asesinato cualquiera: el de León Trotski. También es una historia de muerte, de una tragedia colectiva e individual. De una utopía pervertida por el miedo y el terror implantado por el estalinismo.

"El hombre que amaba a los perros" comienza con el entierro de la mujer de uno de los personajes principales: Iván Cárdenas Maturell, escritor cubano con un gran futuro por delante hasta que uno de sus cuentos es declarado contrarrevolucionario.

Condenado al ostracismo sobrevive a duras penas como corrector en una revista de veterinaria y luego, como ayudante en una clínica de la Escuela de Veterinaria, hasta que la revista cierra por falta de insumos en el 'Período Especial' que le siguió al derrumbe de la URSS.

En esa época, signada por los cortes de luz y grandes carencias, Iván se enamora de Ana, quien llega una noche para que le cure su perro. Pero la tragedia golpeará otra vez en su vida y perderá a su compañera, afectada por una grave enfermedad.

En una de sus últimas charlas, Iván le confiesa sobre sus encuentros con un extranjero que paseaba sus perros (dos borzoi rusos) en una playa, en el año 1977. El hombre se hace llamar Jaime López y le confiesa un asesinato.

En un gran trabajo narrativo Padura juega con la duda si ese anciano que camina por las playas de Cuba es o no Ramón Mercader, el estalinista catalán y agente de la GPU que asesinó a Trotski. En sus más de setecientas páginas, el autor ficcionaliza a través del joven cubano, la historia de Mercader, combatiente republicano en la Guerra Civil española que fue reclutado por el Partido Comunista Ruso para asesinar “al traidor de la revolución bolchevique”.

Paralelamente, los lectores se introducen en la vida del creador del Ejército Rojo, León Trotski, su repaso sobre los hechos de octubre, el ascenso de Stalin, su derrota y exilio.

«Durante cuarenta y tres años de mi vida consciente he sido un revolucionario», escribió, «y durante cuarenta y dos he luchado bajo la bandera del marxismo. Si hubiera de comenzar otra vez, trataría de evitar tal o cual error, pero el curso general de mi vida permanecería inalterado. Moriré siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y un ateo irreconciliable. Mi fe en el futuro comunista de la humanidad no es menos ardiente, sino más firme hoy, de lo que era en días de mi juventud.
En aquel punto de la escritura debió de levantar la vista del folio. Tenía que parecerle tan revelador que la vida entera de un hombre que había estado en la cúspide de su época pudiera resumirse en esas pocas palabras, que seguramente estuvo a punto de reír, por primera vez en muchos días. ¿Todas las luchas, los sufrimientos, los éxitos y las vanidades podían expresarse con aquella simpleza? ¿Qué resistencia podían ofrecer las estatuas, los títulos, la furia y la gloria del poder ante aquella realidad insobornable, más poderosa que cualquier voluntad humana?, pensaría, en el preciso momento en que había visto cómo su mujer se acercaba a través del patio y le hacía un pequeño gesto de saludo, para abrir del todo la hoja de la ventana y permitir que el aire entrara en el cuarto de trabajo. Desde su asiento pudo ver la franja del césped al pie del muro, una buganvilia florecida, el perfil de unos cactus tan viejos como el planeta y el cielo de México, de aquel azul diáfano. Y la luz del sol en todas partes. «La vida es hermosa, los sentidos celebran su fiesta... Que las futuras generaciones limpien la vida de todo mal, de toda opresión y violencia, y la disfruten a plenitud», agregó a lo escrito, reclamado por la eclosión vital de aquel instante.

La novela también cuenta la transformación de Mercader en agente soviético y la seducción a la joven norteamericana Sylvia Ageloff, ardid que le permitió acercarse a la casa de Trotski en Coyoacán para cometer su asesinato.

Luego de un intento fallido que estuvo dirigido por el artista David Siqueiros y en el que Trotski y su esposa Natalia sobreviven de milagro, el creador del Ejército Rojo siente que su final está cerca:

Liev Davídovich se negaría a escribir que el origen de aquella sensación de final acechante venía de muy lejos, en el tiempo y en el espacio. Su muerte, planificada hacía muchos años en un despacho del Kremlin, ahora se hallaba entre las prioridades de Stalin, pero no, como decían algunos, por temor a los juicios sobre su persona que Liev Davídovich vertía en la biografía en proceso: Stalin se sentía por encima de las palabras. ¿Por qué, entonces? Durante años el montañés se había dedicado a exterminar a sus partidarios para asegurarse, como el gángster que siempre había sido, de que no pudiera salir de la oscuridad una mano vengadora; además, había aislado a Liev Davídovich y sabía muy bien que al desterrado cada vez le resultaría más difícil colocarse al frente de un nuevo movimiento comunista, como lo había demostrado la pobre ficción en que había derivado la IV Internacional.

“El hombre que amaba a los perros” es una novela desgarradora, signada por la muerte y la tragedia. Por momentos, se transforma en una obra de hondo desaliento al describir a la perfección la maquinaria de muerte de Stalin y la consolidación de una burocracia en el poder que firmaba el acto de defunción de la revolución bolchevique.

Ramón Mercader / Jacques Mornard logra asesinar a Trotski y es condenado a 20 años de cárcel. Liberado en 1960, pasa un año en Cuba y es trasladado a Moscú, donde sus jefes lo condecoran en secreto como un “Héroe de la Unión Soviética”, ya que Jruschov había denunciado a Stalin como criminal y asesino. Mercader vivió en Moscú, desencantado y vigilado por la KGB, hasta que, víctima de un cáncer terminal, se le permitió ir a La Habana, donde muere en 1978.
La novela tampoco ahorra críticas a la burocracia y dogmatismo en Cuba: … éramos la generación de los crédulos, la de los que románticamente aceptamos y justificamos todo con la vista puesta en el futuro, la de los que cortaron caña convencidos de que debíamos cortarla (y, por supuesto, sin cobrar por aquel trabajo infame); la de los que fueron a la guerra en los confines del mundo porque así lo reclamaba el internacionalismo proletario, y allá nos fuimos sin esperar otras recompensas que la gratitud de la Humanidad y la Historia... Atravesamos la vida ajenos, del modo más hermético, al conocimiento de las traiciones que, como la de la España republicana o la de la Polonia invadida, se habían cometido en nombre de aquel mismo socialismo. Nada habíamos sabido de las represiones y genocidios de pueblos, etnias, partidos políticos enteros, de las persecuciones mortales de inconformes y religiosos, de la furia homicida de los campos de trabajo, del asesinato de la legalidad y la credulidad antes, durante y después de los procesos de Moscú. Muchos menos tuvimos la menor idea de quién había sido Trotski ni de por qué lo habían matado, o de los infames arreglos subterráneos y hasta evidentes de la URSS con el nazismo y con el imperialismo... de la prostitución de las ideas y las verdades, convertidas en consignas vomitivas por aquel socialismo modélico, patentado y conducido por el genio del Gran Guía del Proletariado Mundial, el camarada Stalin, y luego remendado por sus herederos, defensores de una rígida ortodoxia con la que condenaron la menor disidencia del canon que sustentaba sus desmanes y megalomanías.
Ahora, a duras penas, conseguíamos entender cómo y por qué toda aquella perfección se había desmerengado cuando se movieron solo dos de los ladrillos de la fortaleza: un mínimo acceso a la información y una leve pero decisiva pérdida del miedo (siempre el dichoso miedo, siempre, siempre, siempre) con el que se había condensado aquella estructura. Dos ladrillos y se vino abajo: el gigante tenía los pies de barro y sólo se había sostenido gracias al terror y la mentira... Las profecías de Trotski acabaron cumpliéndose y la fábula futurista e imaginativa de Orwell en 1984 terminó convirtiéndose en una novela descarnadamente realista. Y nosotros sin saber nada... ¿O es que no queríamos saber?

Si llegaste hasta acá, aclaramos que no es la intención de esta reseña la de hacer un análisis político, sino la de dar cuenta de una historia que te atrapa desde la primera página, con personajes que convergen hacia tragedias personales (¿y colectivas?) inevitables.

Una novela que reflexiona sobre el socialismo soviético, Trotski y los errores y aciertos de la experiencia socialista del siglo XX. En los tramos finales, Luis Mercader (hermano de Ramón) dialoga con un agente ruso:

—... Según nuestros dirigentes, esto es el futuro. Occidente es el pasado decadente. Y lo más jodido es que es cierto. El capitalismo ya dio todo lo que podía dar de sí. Pero también es cierto que si el futuro es como Goliánovo, la gente va a preferir por mucho tiempo la decadencia con desodorante y automóviles de verdad. El mundo está en el fondo de una trampa y lo terrible es que nosotros desperdiciamos la oportunidad de salvarlo. ¿Sabes cuál es la única solución?
—¡No me jodas que tienes la solución! —se asombró Luis, y Eitingon sonrió, satisfecho.

—Cerrar esta tienda y abrir otra, dos calles más abajo. Pero empezar el negocio sin engañar a nadie, sin joder a otro porque piense distinto de ti, sin que se busquen pretextos para callarte la boca... El problema es que quienes deciden por nosotros decidieron que estaba bien un poco de democracia, pero no tanta... y al final se olvidaron hasta del poco que nos tocaba, y toda aquella cosa tan bonita se convirtió en una comisaría de policías dedicados a proteger el poder.

—¿Así que ya no eres comunista? —preguntó Luis bajando la voz.

—Son cosas distintas. Yo sigo siendo comunista, lo voy a ser hasta que me muera. Los que se hicieron dueños de todo y lo prostituyeron todo, ¿eran, son comunistas? Los que me engañaron a mí y engañaron a Ramón, ¿ésos eran los comunistas? Por favor, Luis...

“El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura. La primera novela en este anaquel. Una mirada desde el arte y sin censura desde uno de los procesos de cambios políticos más importantes del siglo XX.


Leéla. No te vas a arrepentir.

Publicado también en Plan B Noticias

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