domingo, 23 de noviembre de 2014

El mundo es una metáfora




Un adolescente de quince años se escapa de su casa. Un hombre de sesenta, de facultades mentales disminuidas por causa de un extraño accidente, se dedica a encontrar gatos perdidos, gracias a su facultad de poder comunicarse con ellos.

Así comienza “Kafka en la orilla”, de Haruki Murakami, una novela que transita entre dos mundos paralelos que entrecruzan lo real con lo fantástico.En su desarrollo encontramos sanguijuelas que llueven del cielo, logotipos publicitarios que cobran vida (uno de whisky otro de pollo frito) que son una especie de nexos con el mundo que consideramos real.



Si bien para algunos la novela desliza un mundo metafísico, en lo personal, me recordó mucho al Cortázar de “Rayuela”, a Oliveira y sus búsquedas, a esa sensación de intentar hallar ese pasaje hacia “el otro lado”, como Talita y el tablón tendido entre dos departamentos.

Junto al mundo que habitamos existe otro mundo paralelo. Hasta cierto punto es posible penetrar en él y regresar después sano y salvo. Si prestas la debida atención. Pero, a la que trasciendes cierto lugar, entonces ya es imposible el retorno. Pierdes el camino. Es el laberinto. ¿Sabes quién inventó el laberinto?
Sacudo la cabeza.
Según los conocimientos actuales, los primeros que imaginaron el concepto del laberinto fueron los antiguos mesopotámicos. Éstos les arrancaban las tripas a los animales, o, a veces, los intestinos a los seres humanos, y, según la forma que tuvieran, predecían el futuro. Sentían admiración por lo complejos que eran. Así que la forma del laberinto remite a las entrañas. Es decir, que el principio del laberinto reside en tu propio interior. Y éste se corresponde con el laberinto exterior.
Una metáfora —digo.
Exacto. Una metáfora recíproca. Lo que existe fuera de ti es una proyección de lo que existe en tu interior, lo que hay dentro de ti es una proyección de lo que existe fuera de ti. Por eso, a veces, puedes hollar el laberinto interior pisando el laberinto exterior. Aunque eso, en la mayoría de los casos, es muy peligroso.
Como Hänsel y Gretel en el interior del bosque.

Mientras los capítulos impares cuentan la vida de Kafka Tamura – nuestro adolescente, que se relacionará con dos personajes, la señora Saeki y el bibliotecario Ôshima – los pares se encargan de la vida de Nakata, su encuentro con Johnny Walker, quien se escapa de la etiqueta de whisky y se dedica a matar gatos y quitarles sus almas. Nakata, que ama los gatos, lo asesina de varias puñaladas en el pecho y también debe huir de la ciudad.


Así “Kafka en la orilla” desarrolla estas dos historias de dos personajes que huyen y que no se cruzan pero que se comunican a lo largo de la novela. Estos mundos (el real y el fantástico) están impregnados de metáforas, frases y conversaciones sobre literatura, música y gatos, en donde es necesario “controlar que las cosas desempeñen su papel original y supervisar la correlación entre mundos distintos”.

La novela también desliza críticas al capitalismo: “Desde allí no se veía más que la parte trasera de la casa vecina. Un edificio miserable en grado sumo. Un edificio miserable habitado por personas míseras que tenían un trabajo mísero y llevaban una vida mísera. En cualquier ciudad hay un edificio así, olvidado por la fortuna. Charles Dickens hubiera podido extenderse diez páginas en su descripción. Las nubes que flotaban por encima parecían la borra polvorienta de una aspiradora que no se hubiera vaciado en años. O quizá, las múltiples contradicciones sociales surgidas de la tercera revolución industrial condensadas en formas diversas que flotaran en el cielo”.

También a los “hombres sin imaginación”:

Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De este tipo de gente que T.S. Eliot llama “hombres huecos”. Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que va por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas…
Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son estas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicios personales, pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación, son igual que parásitos. Provoca cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y eso no hay manera de detenerlo. Y yo, semejantes sujetos, no quiero que entren aquí. – Ôshima señala las estanterías con la punta del lápiz. Se refería, por supuesto, a la totalidad de la biblioteca—. Yo no puedo tomarme a risa a gente como ésa.

“Kafka en la orilla”, de Haruki Murakami, fue publicada en el año 2002 y A finales de 2005, los críticos del suplemento literario del New York Times la proclamaron como la mejor novela del año, para quienes gustan de los datos. Lo cierto es que es la obra abre puertas, dispara preguntas y es diferente a otras del autor. Pienso en “Tokio Blues”, una novela más realista y que cuenta una historia de amor adolescente o “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” acaso su novela más desgarradora para mostrar la soledad, el posmodernismo y el individualismo de nuestro tiempo.

“El mundo es una metáfora”, frase que se repite a lo largo de esta novela que versa sobre búsquedas, encuentros, mundos paralelos y sucesos inexplicables, que desliza esa porfía de los personajes para hallarse, para encontrar un camino y no perderse en un laberinto metafísico: ¿elegimos nuestro destino o él nos elige?

... Son las cualidades no los defectos, los que arrastran al hombre a la tragedia. Edipo Rey, de Sófocles, es un ejemplo remarcable de ello. En el caso de Edipo, no son la indolencia y la estupidez las que originan la tragedia, sino su valentía y su honestidad. Y de ahí nace, inevitablemente, la ironía.
Pero no se puede hacer nada.
Depende —dice Ôshima. Hay casos en los que no puede hacerse nada. Pero, a pesar de ello, la ironía hace más profundo al hombre, lo obliga a crecer. Y se convierte en una puerta de acceso a una solución de una dimensión mayor. Y en ella puedes encontrar una esperanza universal. Ésta es la razón por la que hoy en día tanta gente sigue leyendo la tragedia griega: por la que la tragedia se ha constituido en uno de los prototipos del arte. Y antes, yo he comentado esto, pero, en la vida, todo es una metáfora. En realidad, nadie va matando a su padre ni acostándose con su madre. ¿No te parece? En resumen, nosotros aceptamos la ironía a través de un mecanismo que se llama metáfora. Y eso nos convierte, a nosotros, en hombres más sabios.

A lo largo de la novela se van buscando anclajes de donde asirse, “un lugar al que valga la pena volver”, como el amor, la música, el conocimiento o una biblioteca muy especial: “El mundo es una metáfora, Kafka Tamura —me dice Ôshima al oído— Pero ¿sabes? Tanto para ti como para mí, esta biblioteca es lo único que no es la metáfora de nada”.

Lo que yo deseo, la fuerza que yo busco, no es aquella que te lleva a ganar o a perder. Tampoco quiero una muralla para repeler las fuerzas que lleguen del exterior. Lo que yo deseo es una fuerza que me permita ser capaz de recibir todo cuanto proceda del exterior y resistirlo. Fortaleza para resistir en silencio cosas como la injusticia, el infortunio, la tristeza, los equívocos, las incomprensiones.



En síntesis, el texto te invita a mirar más allá de la realidad cotidiana, siendo éste un requisito indispensable para adentrarse en el universo Murakami de “Kafka en la orilla”, una novela de búsqueda (¿de felicidad?) que “sólo existe de un tipo, pero si hablamos de infortunios, los hay de mil tipos distintos. Tal como dijo Tolstoi, la felicidad es una alegoría, la desdicha, una historia”. Y esta en particular, toda una metáfora.

Publicado también en Plan B Noticias

1 comentario:

  1. Algunos libros de Murakami me gustan más otros menos, pero esa búsqueda que se presenta exterior y que en realidad es interior me resulta admirable y conmovedora. Y hasta a veces descorazonadora. Pero él insiste, y siempre algo recibimos. Un abrazo.

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