domingo, 15 de febrero de 2015

Papeles en el viento

(Foto: Télam) 

Cuatro amigos. La amistad, el fútbol y el empeño en dejarle un futuro a la hija de uno de ellos, conjugan esta novela de Eduardo Sacheri, con personajes entrañables que hacen culto al origen de barrio y los sueños compartidos, más allá de los caminos de la vida.

“—Bueno, el Mono —para nosotros nunca fue Alejandro, siempre fue el Mono— no era un empresario del fútbol. Había jugado, eso sí. Era bueno, muy bueno. Marcador de punta por derecha. Siempre de cuatro. Pero lo dejaron libre en cuarta división y nunca más. Después estudió para Analista de Sistemas. Era un bocho, el pelotudo. Y era mi mejor amigo, también. Bueno, la cosa es que lo echaron de un laburo groso, cobró una guita, muy buena guita. Salvatierra le habló de vos, y el Mono te compró. Fue cuando te convocaron al Mundial de Indonesia. Pero el año pasado se agarró un cáncer que lo hizo mierda. Seis, siete meses.
El Ruso hace silencio. Somos tan poquita cosa que nuestra biografía entra en cinco minutos. Nos quieran lo que nos quieran los que quedan acá. Cinco minutos y te sobra tiempo.

El monólogo desliza el argumento de “Papeles en el viento”. Alejandro, 'El Mono', ha muerto. Su hermano y amigos están preocupados por el futuro de su hija Guadalupe y quieren que ella lo recuerde como se merece.

La novela de Eduardo Sacheri versa sobre el fútbol y la amistad, con sus lealtades y traiciones, vaivenes y acercamientos. Fernando, Mauricio y el Ruso y la sombra del Mono a lo largo de todas las páginas, harán lo posible para brindarle un futuro a Guadalupe, porque brindarle un futuro es recordar al Mono y evitar preguntarse por la muertes injustas.

Cuando salen del cementerio se detienen un buen rato en la vereda, como si necesitasen orientarse, o decidir qué hacer de allí en adelante. Fernando echa un vistazo a los otros dos. Mauricio baja la mirada. El Ruso, en cambio, se la sostiene, y los ojos se le anegan de lágrimas.
Es esto. La muerte del Mono es esto que está sucediendo. Se parece a las imágenes que Fernando ha construido en ocho meses de insomnio. Se parece pero no es. La realidad es más simple, más básica. Es esto. Este sol de invierno escondiéndose del lado de Castelar, el paredón alto del cementerio, la vereda larga hasta la avenida, los camiones, ellos tres ahí, sin decidirse a nada. El Ruso alza el mentón, hacia el lado de Yrigoyen.

La obra es protagonizada por personajes entrañables: Fernando, profesor de secundaria y hermano del Mono, que disfruta de la enseñanza y le duele la ignorancia. Mauricio el abogado del grupo que oscila entre un mundo glamoroso y de éxito al que anhela pertenecer, pero que que contrasta con el barrio y sus amigos

Y también está el Ruso, el mejor amigo del Mono. Un especialista en fracasos que va de iniciativa en iniciativa y hace lo posible por sobrevivir: “...era un Ruso boludo, pero el Rojo me acomodaba los tantos. Pero a perder aprendí de chico ya, no necesité crecer”, dice.

Los amigos planifican diversas artimañas para lograr lo imposible: vender a un jugador (Pittilanga )que fue una gran promesa y por el que su amigo pagó mucho dinero. Por eso se dedican a filmarlo durante horas o trucan videos para embaucar a posibles compradores, mientras la realidad se encarga de mostrarles que la inversión del Mono ha sido un pésimo negocio.

Hasta que el Ruso, encuentra la solución, en una tarde de lluvia y tortas fritas: “Y es en ese momento, mientras el Feo le gana uno a cero a su tío, como siempre, que el Ruso sale de la trastienda con una tanda nueva de tortas fritas, los ve, y lo asalta una certeza rotunda de haber solucionado el enigma que lo obsesiona desde que fue a ver a Pittilanga a Santiago del Estero o desde tanto tiempo antes que no puede precisar cuánto es.

¡Soy un pelotudo! —declara, y los demás no le prestan demasiada atención porque saben que su patrón es dado a las declaraciones grandilocuentes, y por eso prefieren servirse las tortas fritas antes de que se enfríen.
Pero cuando deja la bandeja sobre la mesa, y vuelve detrás del mostrador, y abre el cajón de la registradora, y chista porque apenas hay algunos billetes chicos, y se palpa el pantalón para ver si tiene un poco más de dinero, el Feo pone pausa en el juego porque a todos les extraña su comportamiento, y el Cristo se hace portavoz del personal y le pregunta qué bicho le ha picado. El Ruso le devuelve una mirada de ojos muy abiertos, de pura excitación.
Ahora no puedo, Cristo. Te explico a la vuelta.
¿A la vuelta de qué?
Me voy a Santiago del Estero. Me acabo de dar cuenta.
¿Otra vez a Santiago? ¿Dar cuenta de qué? —pregunta el Cristo.

Entre diálogos muy bien logrados, se intercala la vida del Mono y su derrumbe ante una enfermedad terminal:

Vos sabés lo que significa Independiente para mí, ¿no es cierto, Fer?
Psí… Mono ¿Por?
Hemos hablado mil veces, de esto de ser hincha, de estar siempre pendiente de lo que pasa con el equipo… —Ajá.
Bueno, estuve pensando… Prometeme que no te lo vas a tomar a la joda… —Ya te dije que no, Mono.
Bueno… yo siento que a Independiente y a mí nos pasa lo mismo.
¡¿Qué?!
Parece una idiotez, pero dejame que te lo explique. ¿Cómo era Independiente cuando nosotros éramos chicos?
¿Qué tiene que ver?
Vos decime. ¿Cómo era? ¿Cómo le iba?
Bárbaro, le iba. Nos cansamos de ganar campeonatos. Pero no… —¡Quieto! Y decime, ahora, en el presente, ¿cómo le va?
Como el culo.
Verdaderamente para el orto.
Para la reverendísima mierda.
Exacto.

Con el recuerdo a cuestas del 'Mono', los amigos intentan hacer lo posible para recuperar los trescientos mil dólares que costó el pase del jugador. Y en este devenir, aprenden a moverse en un mundo de apariencias y negocios, como es el fútbol. Y también del fanatismo y la pasión por un club con sus victorias y derrotas, en donde el humor mitiga la pena de lo irreversible:

Che, Mono.
¿Qué, Ruso?
¿Ahora se van a poner en víctimas?
¿Por qué víctimas?
Vos porque no te ves la cara que tienen, Fernando.
No, Ruso. Me quedé pensando.
En qué, Fer.
En eso de aprender a perder. Que la verdad que es una joda.
—…
—…
¿Una joda por qué?
—…
¿Se aprende a perder alguna vez?
—…
—…
Qué joda. Es lo que más te pasa.
Qué.
Perder, boludo. Uno pierde más de lo que gana. ¿O no? Y no se aprende nunca.
—…
—…
Me parece que a ustedes dos los voy a echar a la mierda. Se supone que vienen a levantarme el ánimo, putos. ¡No, no se rían! Este boludo de Fernando que arranca con Independiente y su pasado de gloria que no volverá. Vos, Ruso, con tu autobiografía de que fuiste un narigón triste. Déjenme de joder. ¡Ahora se van y me tengo que suicidar colgándome del fierro del suero, boludo!
Ah, estás sensible…

En la novela, Eduardo Sacheri regresa a un mundo que conoce a la perfección, en donde los papeles en el viento son, acaso, la metáfora de la pasión de argentinos y argentinas por el fútbol:

... ¿Viste los pedazos de papel de diario que la gente tiró al principio, para recibir al equipo? Si hay un poco de viento los papeles se levantan, se mueven un poco, giran en el aire, se vuelven a posar…Yo les pregunto: eso solo… olvídense de todo lo demás. Copas, campeonatos, todo lo demás. Eso solo. Olvídense del negocio, de que todos van detrás de la guita, de que uno es el único gil que lo hace por amor. Eso solo. ¿No vale la pena toda la mufa que te comés el resto del tiempo? ¿No lo vale?

Una obra cargada de melancolía. También de esperanza y sueños posibles.


Publicado también en Plan B Noticias

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