domingo, 19 de abril de 2015

Exorcismo

Como si no pudiera escribir. De eso se trata. Las palabras me rehuyen y esquivan como a un paria. Un paria de palabras, un arbusto seco que resiste los embates del viento y la arena que amenaza con cubrirlo todo.

Miro al perro que me clava sus ojos cansados. Casi que me entiende. O no. Quizás solo me mira, como a veces yo miro la calle vacía en horas de la madrugada, iluminándose con el vaivén de la luz que castiga la luminaria y los haces de luz oscilan a su antojo, por un asfalto cuarteado, casi como los recuerdos.

Escribo para hallar un sentido, asirme a posibles respuestas. ¿Sabés que dejé de escribir desde que te fuiste? inútiles han sido los trucos, las lecturas propias y ajenas. Las palabras no se arriman y si lo hacen vienen habitadas de dolores que repercuten en la espalda o en cierta acidez recurrente que uno creía olvidada. ¿Serán las quejas del alma? No sé. Lo concreto es que no puedo escribir como quisiera, que emborrono textos, que disfrazo mi extrañeza y quiero cubrir faltas con palabras.

Duele tu ausencia. Se extraña (rá) no verte llegar o rondar por la casa; esa carencia de lo que se ama de Sor Juana, la lapidaria certeza de ir extrañándote y aprender a quererte a través de recuerdos, anécdotas, fotos, de mitigar dolores con abrazos (hace días también se marchó alguien que hizo del abrazo —y las palabras— un modo de vida).

En definitiva, son días tristes. Ya está lo escribí. Revuelvo entre sinónimos y corto por lo sano. Y apuesto a escribir. Para exorcizar, para espantar lugares comunes, tirar botellas al mar y confiar en un rescate del náufrago; la necedad por asirse a una tabla que no termine de hundirnos o desnude nuestra fragilidad.


Como la literatura o los abrazos, por qué no.

1 comentario:

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