viernes, 14 de agosto de 2015

Desamor

...No sé si uno se enamora de alguien o de la necesidad de afecto. Sospecho que hay siempre de las dos cosas. Hacía años que Marie y yo habíamos emprendido este acercamiento entre ciegos y sordos. Nos unió una pasión que coincidió con nuestra entrada al mundo adulto. Habíamos asumido (o al menos yo lo había hecho) que nuestro vínculo era lo más sólido que teníamos, pero los acontecimientos de los últimos meses probaban el engaño. La separación sirvió para darme cuenta de muchas cosas. Había perdido algo, posiblemente para siempre. Ya no podía asumir con ingenuidad el significado de las grandes palabras. Tenía frente a mí el hecho incuestionable del desamor; la capacidad humana para crear sufrimiento. Marie me había abandonado sabiendo que no tenía a dónde recurrir, que su acto negaba todo lo que por años nos dijimos. Sin embargo, esto no podía borrar el pasado. La noche anterior probaba justamente esto. Podía imaginar sus motivaciones; suponer lo que le podía haber ocurrido con el hombre que perseguía. ¿Quién era yo para ella ahora? Seguramente, el ser que albergaba una calidez que aún no se extinguía, pero no el sujeto de su afecto ni de un compromiso. La vida común ya no era nuestra, por lo menos hasta que no reconstruyéramos lo que habíamos perdido. Nos quedaban los gestos automáticos, los afectos rutinarios y era posible que los dos lo supiésemos esa mañana. Acaso por esto mismo, buscando estos residuos, era por lo que Marie había venido a manifestar su deseo de que la amaran manchando con un insulto mi puerta. A pesar de todo lo que debí en ese momento ver y saber, me empeciné en creer que la salvación era posible. El desamor era humano y esta miopía también lo era.
Esa mañana, apenas terminado el desayuno, hicimos el amor. Servía de antídoto para el mal sabor de la noche y de los meses anteriores. Sobre ella, en un tiempo sin tiempo, regresaba a algo que parecía un hogar. No pude o no quise darme cuenta de que el sexo era una forma de callar. Preferíamos la eficacia de la ceguera, la intimidad que era en realidad angustia, y nos amábamos sin saber a quién se amaba.


(Lalo, Eduardo, “La inutilidad”, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Corregidor, 2013, pp. 45-46)

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