miércoles, 26 de agosto de 2015

Norwegian wood


Miró el reloj. Era temprano para tanto bullicio. Se asomó por la ventana y vio la luz encendida en la cabaña de Stig. A su lado, la mujer murmuró en sueños y se dio vuelta, dejando al desnudo uno de sus hombros. La arropó y decidió levantarse.
Los ruidos seguían llegando de la construcción de madera y parecían provenir del cobertizo. Fue a la cocina y agregó un leño para alimentar los últimos rescoldos. La luna iluminaba el curso de agua que lo separaba de la casa de su hermano.
Escuchó un portazo y luego el silencio. El aroma del café puesto a calentar inundó la sala. Se sirvió una taza y bebió un sorbo tibio.
Abrió la puerta y un aire gélido le dio la bienvenida. Buscó su saco de piel y recorrió los metros que lo separaban del muelle donde permanecía el bote amarrado.
Entonces lo vio, Stig salía de su cabaña tambaleándose. Llevaba una pala en su mano.
—¿Estás bien?
—No.
—¿Necesitás ayuda?
—Me quiso abandonar, Bor.
—¿De qué estás hablando?
—Idona, dijo que debemos rendirnos, dejar este lugar, como los Ragna, los Tor…
Bor miró a su hermano. Tenía las ropas manchadas de un bermellón denso. —¿Qué hacés con la pala?
—Voy a reparar la cerca del patio de una buena vez.
—¿Ahora? ¿dónde está Idona?
—Duerme —agregó Stig con un hilo de voz.
— Dejame que te ayude —Bor se subió al bote.
Stig no dijo nada. Tenía la mirada extraviada. —¿Cómo vamos a dejar este lugar? —musitó y desapareció de su vista.
El hermano mayor miró a su alrededor. El agua se metía entre las montañas para perderse en un valle cubierto de verde en el verano. Las nubes ocultaban las cimas y se posaban sobre las construcciones. El rincón del mundo de toda su familia.
Su clan creció con los vaivenes de las estaciones, en una parcela que su tatarabuelo se había ganado luego de defender al rey Harald, en otra época y otra historia que era repetida de generación en generación. Cultivos, madera y peces, ¿qué más? Decía su padre.
Bor amarró el bote junto al de su hermano. El resplandor del alba se asomaba detrás de su casa. Podía oír los palazos rabiosos que provenían del patio.
Llegó hasta Stig. Estaba sobre la cerca incompleta y delineaba una ancha zanja.
—¿Idona está bien? — se preguntó si no debía echar un vistazo en el interior.
—Me pidió que la cerrara... —repetía Stig.
Vio las salpicaduras de sangre en su ropa. Deseaba atribuírselas al sacrificio del viejo caballo.
—¿Tenés otra pala?
—Sí en el cobertizo.
—Voy por ella.

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