jueves, 24 de septiembre de 2015

El viaje



“Todo es tan familiar
que me resulta extraño”
(Siri Hustvedt,
“Elegía para un americano”)


Superman medita en la pantalla sobre su lejano planeta. Lo hace en un diálogo insulso con el villano. Reclino la butaca y trato de estirarme. Por suerte viajo solo. Pasa el auxiliar de a bordo y me ofrece una comida que descarto. Pienso en éste y los últimos regresos a casa, convocado por la muerte. Es curioso. Sigo llamando casa a ese lugar que abandoné hace años, quizás con esa necesidad de huir y ver otros paisajes, otras realidades, quizás huyendo de mí, como si las respuestas a mis fantasmas se encontraran en otros lugares.

La llamada fue escueta. De la sorpresa inicial a la certeza de que no eran buenas noticias. “Si puedo viajo”, balbuceé.

La abuela. Perdió al abuelo, a sus hijas (mi madre incluida) y sobrevivió con los recuerdos. Hasta hoy.

—¿Sabés? Yo no estaba preparada para enterrarla —dijo una tarde— nadie lo está.

Me agarró del brazo y empezamos a caminar por una calle recién regada. Disfruté del olor a tierra mojada, parecido a una confidencia atorada y necesaria. En la lejanía, podía ver los eucaliptos y el Molas detrás.

—¿Te dije que hablo con Juan? Todas las noches. Me dice que siga, que no me rinda, que total hay tiempo y que va a estar esperándome. —Se había maquillado y arreglado por mi visita. —¿Te parece que estaré volviéndome loca?

Negué con la cabeza y no me animé a confesarle que también hablaba con los muertos. Doblamos en la esquina y llegamos a un descampado. El sol era una medialuna roja que se escondía en el horizonte.

—Mirá que lindo. Me recuerda al campo. Qué épocas aquellas. Carneadas, amigos, domadas. Siempre había algo que hacer. Porque no sabés el trabajo que teníamos. Y ni te cuento los hijos. Pero nos salieron buenos. ¿Cómo te va por allá? ¿Te recibiste de escritor?

—No, de eso uno no se recibe, sigo escribiendo, eso sí.

—¿Te va bien? ¿Tenés trabajo?

—Sí. Todo bien.

La vi resignada. Con esa mirada acostumbrada a los golpes. —Creo que tu abuelo se empezó a apagar cuando perdimos el campo. Ya no se reía como antes. Menos mal que todavía nos quedaban amigos. Si se habrá peleado con otros estancieros por los peones. Él los respetaba, decía que eran el sostén de la estancia. Pero estoy segura de que se vino abajo en la ciudad.

Llegamos hasta una plaza y nos sentamos en un banco de madera. Unos chicos jugaban al fútbol con piedras improvisadas como arcos.

—Después vino lo de tu mamá y ustedes que se quedaron a la deriva. Pero salieron derechitos, ¿eh? Y mi Juan, que un día dijo basta. La vida nos ha castigado mucho. Yo le pido a Dios y rezo para me cure, que me saque la tristeza, pero no me hace caso.
Me siento sola pero en paz. Quiero seguir viéndote antes de que sea vieja.

Sonreí. Como si no tuviera todos los años encima. Admiraba la entereza con que seguía adelante. Recordé los meses en su casa luego de la muerte de mamá. Ustedes son los nietos que más quiero, pero no se lo digan a los otros, susurraba. Supongo que a todos nos diría lo mismo.

Nos quedamos en aquella plaza un rato más. Ella hablaba de sus amigas, de grandes fiestas de la que solo queda vajilla de lujo y algunas fotos. También de su casa, la compañía de un perro y un enorme gato blanco. Era de noche cuando nos despedimos. Prometí volver.

Nos vimos de nuevo a fin de año. Comimos juntos, creo que la pasó bien. Me faltó un llamado para ver cómo andaba. Lo postergué ilusionado con la idea de que sobraba el tiempo. O quizás lo demoré porque no me animé a contarle de otra pérdida muy dolorosa. Ya cargaba con demasiadas.

Me pregunto si el viaje vale la pena, si es necesario despedir a alguien que no puede verme, aunque intuya que de alguna manera lo sabe. Sé que tengo que estar ahí. Eso es lo importante.
Niego con la cabeza y la chica de la otra fila me mira de reojo. El colectivo trastabilla en un bache y Superman vuela para salvar al mundo, impune a las trampas del villano, las zancadillas de la muerte, sus sorpresas.

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