lunes, 28 de septiembre de 2015

Lelvún Mapu*

“En la tierra del llano las voces se confunden con el viento y los espíritus ocultos agitan ramas y espantan silencios. A veces traen lamentos de viejos guerreros, sus gritos de guerra, sus cantos de amores perdidos, sus batallas antiguas, encanecidas como las cenizas de este fuego.

En la tierra del llano el sol corre tan despacio que se aburre. Una brisa impredecible recorre los campos, agita los pastos y refresca en las noches de verano. Los animales se habitúan a la quietud, al galopar de las caballadas, a los gritos de los hombres y a la furia de la guerra y el miedo.

En la tierra del llano el horizonte es gris, sangre, verde y divide la llanura del cielo; los hombres son derrotados por la tierra sin fin y enloquecen con los embrujos de Gualichu y sus sueños.

En la tierra del llano vivimos los indios. Primero solos. Ahora con los huincas. Y la tierra buena no alcanza para los dos, por eso quieren corrernos. De antes nos reunimos alrededor del fuego y recordamos nuestro pasado. Las voces hablan de nuestros guerreros, de sus hazañas, de costumbres viejas y de la guerra, de soles agitados y soles tranquilos pisoteados por la guerra.

En la tierra del llano –aquí– nació el hijo del desierto, el hombre jamás vencido, el de los ojos negros, los que bajan la vista de cualquiera. Su habilidad con la lengua lo hace ser el dueño de la palabra, el dueño del decir. Y un día se convirtió en nuestro cacique. Plantó a Piedra Azul y se quedó en Malal”, agregó el trovador del desierto. “Es nuestra casa, nuestro gran toldo, lo que nos queda.”


* La región del llano

Fragmento del capítulo 6, de la novela "La tierra plana".

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