viernes, 20 de noviembre de 2015

Intersecciones

(Imagen: Google Street View)


El tiempo lava y desenvuelve,
ordena y continúa.
(Pablo Neruda,
Conducta y poesía”)

Desperté pensando en aquel viaje. Mamá nos había levantado temprano y todos estábamos sonrientes. Noté que se había puesto rubor en las mejillas para atenuar la palidez de su enfermedad.

Salimos de casa y tomamos la Circunvalación con la expectativa de lo desconocido. Nosotros jugábamos atrás y mis padres compartían los mates, como si la felicidad pudiera encontrarse en una calabaza y su bombilla.

El auto era la reciente adquisición del viejo, un Renault 6 blanco “casi nuevo”, la excusa perfecta para una escapada a las sierras de Córdoba, aunque creo que el viaje pretendía arreglar asuntos entre ellos.

Yo miraba al costado de la ruta y veía a las vacas que pastaban con parsimonia sobre los campos verdes. Todavía no sabía que la llanura traería textos y preguntas o que la paciencia y el horizonte podían conjugarse con la tierra y sus humores.

Pasamos un cruce en Realicó y el ruido inconfundible de algo roto nos paralizó. El vehículo empezó a perder velocidad pero no se detuvo, sólo se resistía a utilizar las marchas rápidas.

Regresamos al pueblo y en un taller mecánico un veredicto confirmó lo que adivinábamos: no podíamos continuar y la reparación llevaría horas. Recuerdo la amargura del viejo, que aún sigue maldiciendo su mala suerte. A veces remueve demasiado el pasado, no entiende que sólo hay que dejarlo ir y conciliar cuentas, como buen empleado bancario.

Nos quedamos un rato dentro del auto preguntándole por qué nos había hecho fallado. El sol castigaba la arena y los vapores de malones fantasmales se dibujaban en el horizonte. No recuerdo si esperamos en el pueblo o regresamos a casa en colectivo, pero todavía conservo la imagen de mamá interrogando a la gaveta del auto, como si la frustración del paseo arrastrara otras decepciones.

Me quedé sin preguntárselo.

La memoria y sus pliegues arrastrados por el viento, el intento de reponer algunos huecos, habitarlos con palabras en una noche árida de recuerdos. Escribir  para buscar la no palabra, dice Lispector y yo sin alcanzar el cierre del texto para que no caiga en una melancolía predecible. Los pescadores árticos de Neruda, acaso una buena definición para esta hora.

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