jueves, 17 de diciembre de 2015

Espectros

Ellos estaban ahí. Los veía a veces, cuando prestaba atención. Iban en silencio, con sus ropas gastadas y caras diferentes. Pálidos como la luna. Fríos. Detenidos en una época que no era la suya y que no les tenía ninguna compasión. Algunos todavía conservaban algún destello, ese brillo en la mirada que nos delata con vida pero opaca el olvido.
A veces pienso que era el único que los veía. Siempre de reojo porque no es agradable mirar a un fantasma de frente. Uno se queda mudo. Y sin palabras no hay respuestas. Sólo gestos atónitos.
Si me los cruzaba en la calle y me cortaban el paso se corrían como buenos espectros. Varios caminaban encorvados, acaso sin comprender el azar caprichoso que los había depositado entre dos mundos sin pertenecer a ninguno, olvidados por los vivos e indiferentes a los muertos.
Solo sé que temía ser como ellos. Muchos aparecían de madrugada o con las primeras luces del día. Arrastraban los pies con el sonido triste de los condenados y se mezclaban entre nosotros, taciturnos, con sus rasgos de piedra, congelados en el recuerdo de tiempos mejores.
¿Será aquí?
Sí. No hay dudas, la fila es inmensa, como todos los días. Releo el aviso y doblo el diario bajo mi brazo. Una vidriera luminosa devuelve mi figura fantasmal, la de un desocupado más.
(Ilustración: Antonio Berni, "Desocupados", 1934)

Hoy me acordé de este texto. Tiene muchos años, del dos mil dos, para ser más exactos. Cobraba en Lecop y la posibilidad de quedar en la calle era inminente.

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