domingo, 17 de enero de 2016

Entre la redención y el error

"Le dimos un beso de despedida. Tía Idalou lloró y le preguntó al aire por qué había marcado a esa hija de la familia con aquel destino de ir por todos lados sin descanso, cuándo se asentaría para llevar adelante una casa, como una buena mujer. Vimos a Rhody irse por el camino que cruzaba el campo, con su maleta en la mano. Nos preguntamos hacia qué iba.

«Bueno —dijo mamá—, adonde vaya habrá baile. Pero, gracias a un milagro o a la simple sensatez de alguien que siempre hay allí para protegerla (con panceta de cerdo o una buena plegaria), ella sobrevivirá y nos sobrevivirá a todos; y en la tumba nos preguntaremos si Rhody, más viva que nunca, irá a ponernos flores». Rhody se fue y aceptó los riesgos del mundo y sus oportunidades, pero los remedios simples de su casa y de su gente la rescataron y curaron una y otra vez. Siempre tenía que tocar esta casa, posar su pie salvaje en el camino que atravesaba el campo y la traía de regreso a la puerta. La conducía a través de la pradera para que trajese, desde el mundo grande, confuso y misterioso que estaba al otro lado, algún signo de lo que le había pasado últimamente y lo dejase en la puerta de entrada.

Pero el mundo cambia con rapidez. Las palabras y los hechos de antaño pasaban a tal velocidad que Rhody tendría que arreglarse sola en ese mundo por el que peregrinaba, de acuerdo con las costumbres de ese mundo, o con las suyas, en su propio camino, en su viaje. Sabíamos que nos necesitaba y que tenía que tocarnos y ver que sobrevivíamos —resistentes y constantes, pensaba ella— en esa casa indestructible donde todo estaba tal como había sido siempre y que, imaginaba ella, nunca cambiaría. Donde todo, para ella, se redimía y rectificaba. Cuando lograba poner algo en claro —la única que sabía de qué se trataba era Rhody—, juntaba sus cosas y se iba.

«Lo triste —dijo Idalou meciéndose en el porche, mientras miraba el campo y el camino de aspecto triste que Rhody había tomado— es que los años van a pasar y todo va a envejecer y morir y esta casa se quedará, dentro de poco, sin habitantes». ¿Había pensado Rhody alguna vez en eso? ¿Qué haría cuando todos se hubiesen ido y no hubiera nadie en casa para recibirla?

Los que oíamos a Idalou pensamos que el camino seguiría, con las matas crecidas y oculto por el tiempo, pero dibujado en la tierra. Había grabado el campo como una línea indeleble. Los pies de Rhody, hija del camino del campo, estarían en él, por tiempo inmemorial, yendo y viniendo, yendo y viniendo, entre el hogar y la falta de hogar, entre la redención y el error. Ése era el rumbo que tenía que tomar."

Goyen, William, "Angeles y hombres", Buenos Aires, La compañía de libros, 2009, pp 24-25)

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