domingo, 7 de febrero de 2016

El colectivo abandonado


Por fin llovió. Las nubes plomizas están a punto de aplastarme. Alicia se echa a mi lado agitada. A pesar de los años, insiste en acompañarme y disfruta del paseo.

Llego hasta el colectivo abandonado, en ese punto de la ciudad donde comienza el campo y la frontera desdibuja límites, da pie a los interrogantes, profundiza los secretos.
¿Cuándo apareció ahí? Está bajo un árbol seco y de copa ancha, ocupado por un viejo y sus artesanías. Rasgos indígenas, pocas palabras y admirador de Evo. Desconfía de nosotros. Tiene sus razones.
Las primeras palabras. Sigue sorprendiéndose con mi visita. —¿Le conté de ellos? Aparecen al atardecer. Son tres o cuatro. No se acercan hasta el colectivo, pero puedo verlos parado sobre sus caballos, organizándose para un malón. No me animo a decirles que son apariciones, que su tiempo ya pasó. Para qué quitarles la ilusión, ¿no le parece?
Lo escucho. Hace días que vengo a charlar con él. Lo descubrí una mañana, cuando volvía de caminar. —¿No les tiene miedo?
—Miedo hay que tenerle a los vivos, amigo. ¿Qué me dijo que hacía?
—Escribo. A veces para entender. En otras porque no tengo remedio. Casi nada en la actualidad, un mutismo que me preocupa.
—Allá, mire —señala el horizonte. Al principio no diviso nada pero luego veo las formas difusas. Se mueven de manera errática. Me pregunto si no me estará timando para venderme alguna de sus baratijas.
—¿Son ellos?
—Sí. Pero es extraño. No suelen venir a estas horas.
Pasan los minutos y las figuras toman forma. Una parece estar parada sobre un animal. O quizás es una ilusión, influenciado por su relato. Alicia gruñe y se le erizan los pelos. Me mira y se mueve inquieta. Luego vuelve a gruñir.
—Indios porfiados. Voy a ver qué quieren. ¿Me cuida el toldo?
—Acá lo espero.
Se aleja con paso firme, la espalda erguida y desafiante. No sé su nombre. Miro los hilos trenzados, los collares con huesos, varios ponchos, un facón de tiempos inmemoriales. Intercambian gestos y palabras, por lo menos es lo que parece desde aquí. Luego regresa. Trae unos penachos de colores.
—¿Qué es eso?
—Para colgar en el árbol seco y de copa ancha. Quieren que Gualichu los proteja en el malón.
—¿Usted se burla de mí, no?
—¿Por qué haría eso?
—Me parece que me quiere embaucar, para que compre sus chucherías. A propósito, qué buen facón tiene ahí.
—No está en venta.
—¿Qué le dijeron sus amigos?
—No me creyeron que eran apariciones. Están convencidos del éxito de la correría. Van a esperar la luna larga para atacar.
—¿Cuándo será eso?
—Mañana. Les dije que era una locura.
—Sí, como nuestra charla. ¿Intentará detenerlos?
—¿Para qué? Yo les advertí y no hay caso, están empecinados. ¿Por qué sonríe? Esto es serio.
—Disculpe, pienso en las advertencias que nadie quiso oír.
El pampa me mira como si no le importara. Tiene su propia lucha. — ¿Me da una mano? Voy a colgar los penachos, serán apariciones, pero son mías y debo honrarlas.
Miro las plumas de colores y me pregunto de dónde las sacó. Quizás tenga razón y vivimos en una tierra habitada por espectros, aunque los míos sean de carne y hueso. Chacales disfrazados de corderos.
Nos acercamos al árbol. El viejo se trepa de un salto, con una agilidad que no se corresponde con sus arrugas. Murmura en un idioma que no entiendo y con mucho cuidado, prende los penachos a las ramas.
—¿Cómo me dijo que se llamaba?
—No le dije.
Alicia vuelve a gruñir. — ¿Lo encuentro mañana?, me interesa uno de sus ponchos.
—Depende de usted. Yo siempre estoy aquí. ¿Sabe?, ellos continúan ahí por mi culpa. Yo les dije que no se rindan. Y siguen maloneando.
Enmudece, como si hubiese hablado de más. Toca los hilos trenzados, los ponchos, el facón de tiempos inmemoriales. La perra implora que nos vayamos.

—Nos vemos —musito, pero el viejo no está conmigo. Se queda en el colectivo abandonado, en ese punto de la ciudad donde comienza el campo y la frontera desdibuja los límites, da pie a los interrogantes, profundiza los misterios.

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