lunes, 1 de febrero de 2016

La tristeza del que cuenta

En esa habitación, que contenía la historia de su abuelo, los pequeños poemas de sus antepasados y los gestos de ese pie torcido y doloroso —que ahora también era el pie que nadaba de esa manera tan bella—, se dio cuenta de que en su vida habría habitaciones que, como gimnasios, guardarían el olor de ejercicios mortales, de torneos desesperados, de un concurso violento, de una faena resistente y laboriosa, manual y física, que exigiría toda la fuerza de sus manos llenas de ampollas y los músculos de su espalda, todo el trabajo de la mano ardiente del pionero. O que si no habría lugares sobre rocas de silencio, donde un enigma yacería al sol, seco, huérfano y moribundo hasta que una marea bendita se elevara, lo acariciara y se lo llevara al pecho para decirle, en voz baja: «Puedes ser mío antes de que me vaya». Lo que estaba callado y medio muerto se despertó y se mostró en secreto. Ésa parecía ser la historia de todo, ese momento en que se mostraba, posible y secreto, todo lo que se iba, todo lo que se escapaba.

Se quedó dormido, solo, con el terror del que oye y la tristeza del que cuenta. Esa noche, en Galveston, no oyó regresar a su abuelo. Antes de dormirse, le había dolido el pecho. En el pecho vivía un secreto que no había podido descubrirse. Sintió el temblor de una emoción enorme, futura, la revelación distante de una visión, de una brillante humanidad que compartiría sus anhelos, con la que podría llevar a cabo una historia osada, encantadora.

Ahora habían enterrado al abuelo. Habían enterrado al buen hombre de la espesura, pensó. Habían sepultado, en la tierra de Texas, el pie torcido que no pisó de nuevo el suelo de Mississippi, donde él nunca había posado, tampoco, el suyo. Le deseó que encontrara a John Bell en el otro mundo.
(pp.65-66)

Goyen, William, "Angeles y hombres", Buenos Aires, La compañía de libros, 2009, del cuento Buena Madera.)

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