martes, 19 de abril de 2016

Neblina



Recorro blogs amigos. Hay algunos que debiera borrar. Es evidente que duermen el sueño del olvido. Otros se empeñan en decir algo, en citar a otros, reseñar libros, escribir poemas. Las redes sociales que nada socializan y parecen devorarse todo.

Miro por la ventana, la neblina se posa sobre el barrio. Lleno mis pulmones con ese aroma que obnubila y dispara los recuerdos. La Circunvalación detrás de casa, los caldenes que apenas se distinguen en la bruma, galopes fantasmales, pastos puna y juegos de barriada.

Repaso el libro recién terminado. Los cuerpos de los changos ya no están, pero como si los viera*.  Pares empeñados en desconocerse. Amor y desamor que llega sin avisar. Debería escribir una reseña.

Trama del desencuentro, la sonrisa al leerte.

Otra bocanada de aire. El oído atento, el presente. Ecos de mis pasos en la calle, ladridos. El patrullero con las luces encendidas y su marcha a paso de hombre. La mirada desconfiada del oficial, golpe blando en Brasil, catarata de despidos en Argentina y un panorama sombrío con el mismo revanchismo continental.

Leo con desesperación. Trago palabras, digiero frases, escupo algunas, saboreo otras. No sé si la lectura salva, pero alivia de una realidad opresiva.

Escribo poco. Un contragolpe de tanto en tanto. Quizás por eso el cuerpo me pasa facturas y se queja, No debiera, porque me cuido lo suficiente. Pero es evidente que el problema no está ahí. Salud de los enfermos. El extraño que no toma en las reuniones sociales y al que empiezan a mirar torcido luego de un rato. Yo también desconfiaría de alguien que no bebe nada.

La neblina es cada vez más espesa y respirarla, la bendición de la noche. Que bien vendría una medida de ron con hielo, dos vasos anchos, desvestirnos, reparar desaciertos.

(*del libro Ladrilleros, de Selva Almada).


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