domingo, 24 de abril de 2016

Rastros de un sueño




Los rastros de un sueño luminoso. Sonreías. El pelo rojo (era lo extraño), imágenes que aparecían como destellos entre el follaje de los árboles.


La calma de la llanura trajo los recuerdos, como si el silencio invitara a escribir. Afuera el mundo se hace pedazos. Una vez más. Adentro me acompaña un perro que no conozco y la necesidad de cierta tregua con el pasado, una pausa en el pasaje hacia la nada. En el mío apareció tu cara, las huellas de esa sonrisa luminosa y una herencia de improviso de un pariente que por alguna razón me dejó su propiedad en un desierto que él transformó en vergel a puro trabajo.

Llegué anoche, tarde, gracias a la gauchada de un baqueano. Una casa a oscuras pero con luz en forma de ele, frente a un gran caldén y un bebedero para vacas.

Abrir la puerta fue encontrarme con un olor conocido. Supuse que en algún lugar habría leños que descansaban en un cajón, custodios de una cocina de hierro. En una de las paredes hay un almanaque viejo de Molina Campos, como no podía ser de otra manera. Un centro de mesa con un posa pava de hilo. Le faltan algunos nudos.

El comedor daba lugar a dos habitaciones y un baño enorme. Me instalé en la de huéspedes, por la cama de una plaza. Instalar es una forma de decir, tiré el bolso y regresé al comedor.

Sin televisión. Una radio de onda corta que emite voces extranjeras, una morada que nunca visité pese a las insistentes invitaciones. ¿Qué nos unía? El afán de saber, las historietas de El Tony, una rectitud que admiré en silencio y que pocas veces honré.

Me fui a dormir pensando en él, entre el rumor del campo y la apacible sensación de calma. Y apareció tu recuerdo. Difuso, el pelo extraño y rojo, a la altura de los hombros. Me despertó tu media sonrisa. El hoyuelo en la comisura cuando te mordías los labios.

Con el alba a mis espaldas, recorro otra vez la casa. Resuenan mis pasos y el perro que raspa la puerta. Nunca me gustaron, pero le abro y me mira de una forma que es imposible resistirse. Por suerte para mí la garrafa tiene gas. El aroma del café dice buen día y una brisa sofocante entra por la ventana, parece que hará calor.

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