jueves, 16 de junio de 2016

Diario de madrugada



Una noche de junio

En la luz o en la oscuridad, lo que acechaba más allá de lo visible, más allá de ese desierto de nichos, era una mueca de impotencia. Y a veces, muy pocas, filtrándose por ese cerco de fuego, insistiendo apenas, la esperanza.
(Antonio Dal Masetto, “Fuego a discreción”)

La helada es implacable. Me despierto más tarde que de costumbre. Lo sé por la luz que se filtra desde la persiana. Puedo imaginar la amenaza del frío que pasa por las rendijas, un hilo apenas, suficiente, que desenreda un sueño que no termino de recordar y que también desnuda mi privilegio, abrigado en una casa de material, lejos de cartones o chapas.

En el sueño había pérdidas (casi siempre las hay). También había un viaje en barco, entre las montañas. Acaso un lago oscuro y de aguas heladas. Y búsquedas. Estaba solo. Dolía esa soledad.

El vidrio del comedor está empañado. La gata pasea entre mis piernas y el primer mate no trae la calma necesaria. El nudo sigue, agazapado, un zarpazo de tristeza en la mañana. Quizás por eso ella se queda a mi lado y se lava una de las patitas. Montando guardia. Me gusta pensar que es guardiana de los malos momentos. Una ingenuidad total. O no.

Creo que en el sueño había un amigo, hablaba de sus proyectos, de iniciativas y planes. Pero no parecía convencido.

Rodeos al hueso para no entrarle. Debiera reconocer mi tristeza. Sería la forma de enfrentarla. Un par de mates más. Por lo menos escribo. Falta música. Serrano canta No sé nada o casi nada de la vida. Lo primero que estaba en el reproductor. ¿Ironía dominical? Qué palabra árida, la última.

Escribo y borro. Escribo y borro, astillas de una idea que no se deja asir, como si fuera tan sencillo. Me acompaña el dolor de espalda, el reproche ¿a quién? por un estudio que no salió bien pese a los cuidados.

Afuera sigue el frío. Se avecina un invierno crudo, no solo por las temperaturas, de indignación selectiva, individualismo e hipocresía. Amor ya no es la palabra / Ahora la palabra es fuerza, escribe con sangre el personaje de Dal Masetto luego de matar a la paloma y bajarse de un tanque de agua donde estaba refugiado.

Novela de excesos, de personajes que se culpan y dañan por estar vivos, que están solos pese a las compañías y que deambulan por una Buenos Aires donde no queda nada, con una dictadura que se resiste a marcharse.

La escena final me recordó a Okada y su pozo, en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Encerrarse para resurgir, como un mono que después de una larga meditación hubiese resuelto arriesgarse a vivir entre los hombres, escribe Dal Masetto y apuesta al optimismo que uno nombra para que no termine de escaparse del todo.








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