sábado, 9 de julio de 2016

“Me han pegado en muchos lugares, pero en la memoria no”



Mi Mundial, Mi Verdad, así ganamos la Copa, es el relato en primera persona de la hazaña de 1986, cuando Argentina logró su segundo campeonato mundial, de la mano de Diego Armando Maradona. 


Les habla Diego Armando Maradona, el hombre que le hizo dos goles a Inglaterra y uno de los pocos argentinos que saben cuanto pesa la Copa del Mundo. Así comienza “Mi Mundial, mi verdad, así ganamos la Copa”, en la voz del propio Diego, retratada por el periodista Daniel Arcucci, de una larga relación con el último campeón mundial del fútbol argentino.

La obra, recorre los dos meses que Argentina estuvo en México y cuenta la intimidad de un plantel que, según el Diez, “se preparó para ganar esa Copa”, desde que Bilardo lo fue a buscar, en marzo de 1983 y le prometió la capitanía de la selección.

Me di cuenta, también, que a medida que pasa el tiempo esa copa pesa cada vez más. Tres décadas más tarde, esos seis kilos y pico de oro, ya parecen toneladas. Y yo no celebro que otro jugador argentino no la haya vuelto a levantar desde 1986, que quede bien clarito. Y como voy a decir varias veces en este relato, me han pegado en muchos lugares en todo este tiempo, pero en la memoria no.

Leer “Mi Mundial, Mi Verdad”, es un charla mano a mano con el Diez, que repasa la polémica entre menotistas y bilardistas, los encontronazos con Pasarella, la clasificación agónica al Mundial de México, con un gol de Gareca, en el Monumental y la presión del gobierno radical de Raúl Alfonsín para que Bilardo no dirigiera a la selección en el Mundial.

Me jugué por una causa que tenía que ser de todos. Puse la camiseta por encima de mis gustos, porque a mí el Flaco (por Menotti) me llegaba al corazón, aunque no lo dijera públicamente.

El resto está en la historia. Y cada uno lo recuerda como lo siente, como le sale. Por eso digo que esta es mi verdad, la mía. Que cada uno tenga la suya.

Recuerdo que me preparé para volar y volé. Cumplí con lo que dije. Y jugué limpio. Aunque otros me quisieran jugar sucio. A mí la droga me hizo peor jugador. No mejor, ¿sabés qué jugador habría sido yo si no hubiera tomado droga? Habría sido por muchos, muchos años, ése de México. Fue el momento de mayor felicidad dentro de una cancha.

Y esa felicidad se desliza en todo el relato. El libro tiene el mérito de reproducir la voz del Diez. Sin intermediarios. Con sus recuerdos, miedos y la idea fija de que Argentina ganaría la Copa del Mundo. Ahí, en México, yo puse mis ganas de ganar la Copa del Mundo por encima del cualquier cosa... hablé y hablé con mis compañeros, para que todos sintieran lo mismo. Y es el mensaje que le dejo a Messi y a los Messi que van a venir, ojalá, después de Lio.

Maradona repasa cada partido de la selección y como el equipo fue tomando confianza mientras transcurría el Mundial, hasta llegar al partido con Inglaterra y lo que significaba para el equipo, a pocos años de la Guerra de Malvinas.

Hay una foto que siempre recuerdo, muy linda, muy especial. Vamos entrando los dos equipos por una especie de rampa que tenía el estadio detrás de un arco. Había casi 115.000 personas en la cancha, pero yo solo escuchaba el ruido de los tapones sobre ese piso, medio metálico. Ya no nos hablábamos. Ni entre nosotros, ni con ellos.

Diego relata el primer gol con la mano y como esperaba que sus compañeros vinieran a saludarlo. Asegura que, desde donde estaba el árbitro, era imposible que viera que había puesto el puño. Y después, llega el segundo tanto contra los ingleses.

Señoras y señores, con ustedes: El Gol

La jugada nace ahí, en el pase de Enrique. Sí, más allá del chiste, el pase del Negro es fundamental. ¿Qué pasaba si le erraba por medio metro, eh, qué pasaba? Yo no la recibía como la recibí y no podía girar como lo hice, para sacarme a dos de encima, a Beardsley y al pobre Reid. En el giro ya me saco a dos, vayan contando, y había quedado Hodge por ahí, pero Hodge no marcaba a nadie... Enseguida se ve cómo Reid me abandona cuando yo ya estoy lanzado, corriendo desde la derecha hacia el arco, dos metros más allá de la mitad de la cancha. Eso es lo que cuenta él del “potro salvaje”, ese momento. Entonces me sale Butcher por primera vez. Yo le amago a irme por afuera y engancho apenas para adentro. Pasa de largo, el inglés, que gira y me empieza a perseguir... Yo lo voy sintiendo a él, atrás, a mi derecha, como si me estuviera respirando en la nuca.

Y también los veo a VaIdano y a Burruchaga que me vienen pidiendo la pelota por el otro lado, por la izquierda, pero ¡ni loco se la voy a dar, ni loco! Si la pelota la traía yo desde mi casa...

Entonces me sale Fenwick. Y acá quiero hacerles un homenaje a los ingleses. Miren que no soy de regalarle nada a nadie, pero si hubiese sido contra otro equipo, ese gol no lo habría hecho, ¡no lo habría hecho! Me hubiesen volteado antes, pero los ingleses son nobles. Fijate, fíjate la nobleza de Fenwick, que me tira el manotazo, pero no me lo tira en la cara... Me tira el manotazo a la altura del estómago, lo mismo que si me acunara como a un bebé. Nada. Ni lo siento, además de la velocidad y la potencia que traía... Por eso digo que si hubiese sido contra otro equipo, quizás hoy no estaríamos viendo este gol. Después me leyeron por ahí que él dijo que estaba condicionado por la amarilla del primer tiempo, que tuvo que decidir en un segundo si hacerme foul o no, y que lo expulsaran. Cuando se decidió, me parece, la pelota ya estaba adentro. También dijo que, si me encuentra, no me daría la mano, pero yo creo que sí, que me daría la mano y hasta un abrazo.

Butcher sí me tira un patadón. ¡No se imaginan lo que fue la patada de Butcher! Me da abajo, a ver si me podía levantar y tirarme a la mierda. Pero yo llego tan armado ahí que cuando la toco tres dedos para mandarla adentro, me importa tres huevos la patada de Butcher. Lo sentí más en el vestuario el golpe: ¡cuando me miré el tobillo no lo podía creer, lo tenía a la miseria!

Como ya lo dije mil veces, en el momento no me acordé de aquello que me había dicho mi hermano el Turco, pero sí me di cuenta de que, aunque sea inconscientemente, algo de eso me había venido a la cabeza. Y a los pies. Porque defino como el Turco me había dicho que hiciera. Así lo conté, en su momento. Resulta que cinco años antes, en el ’81, durante una gira por Inglaterra, en Wembley, yo había hecho una jugada muy parecida y definí tocándola a un costado cuando me salió el arquero... La pelota se fue afuera por nada, cuando yo ya estaba gritando el gol... El Turco me llamó por teléfono y me dijo: “¡Boludo!, no tendrías que haber tocado... Le hubieras amagado, si ya estaba tirado el arquero...”. Y yo le contesté: “¡Hijo de puta! Vos porque lo estabas mirando por televisión...”. Pero él me mató: “No, Pelu, si vos le amagabas, enganchabas para afuera y definías con derecha, ¿entendés?”. ¡Siete años tenía el pendejo! Bueno, la cosa es que esta vez definí como mi hermano quería...

Pero la verdad fue que Shilton me ayuda. Lo peor que hace Shilton, como se ve, es que no me tapa nada. A Shilton no le tengo que hacer ningún amague; le tengo que adelantar la pelota nada más... Hizo cualquier cosa menos taparme como un arquero normal. Cuando lo paso, yo ya sabía que era gol: la toco, tac, cortita, tres dedos para que la pelota entre mansita. Y listo.

Ahí sí que salí gritando como loco. No necesité mirar al referí ni a nadie. Sabía lo que había hecho. Corrí por la línea de fondo y, cuando llegué al córner, me encontré con Salvatore Carmando, justo con él. Me abrazó y enseguida llegaron todos los demás. Burruchaga, Batista, Valdano, se olvidaron de los retos de Bilardo: “¡Qué gol hiciste, hijo de puta, qué gol hiciste!”, me gritaban.

Cuando estuve con Bennaceur, en Túnez, también me confesó algo del segundo gol. Me dijo:

Ese gol también lo hizo por mí, Diego.

¿¡Cómo por usted!? ¿Por qué?

Porque yo podría haber parado la jugada en el comienzo, cuando me reclamaron una falta. Y después, ya en su carrera, dos o tres veces, por foul, pero usted seguía, seguía, y yo lo acompañaba diciendo “¡Ventaja, ventaja!”.

Claaaro, ley de ventaja, todo el tiempo. Así que también en eso tuvo que ver el tunecino. Y en esta no se equivocó, no se equivocó para nada. Entendió el juego. Me emocionó mucho que él no estuviera enojado conmigo, porque el tipo, en vez de acordarse del peor error de su carrera, se acuerda de que estuvo en ese partido. ¡Cómo no lo voy a querer!

Ese gol para mí tiene música. Y la música es el relato de Víctor Hugo Morales. Ese gol me lo hicieron ver y escuchar en inglés, en japonés, en alemán. Hasta, un día, me hicieron entrar con un video en el que, al final, la pelota se iba afuera. Pero el relato de Víctor Hugo es único.

Luego de Inglaterra en cuartos de final, pasan Bélgica, Alemania, el título, el sueño cumplido. Ese fue el momento más sublime de mi carrera. Vuelvo a ver el partido después de treinta años y me doy cuenta eso de que me pegaron por todos lados; pero en la memoria, no. En la memoria no. Es tal cual como lo recuerdo, puedo ir minuto por minuto...

En el libro, Maradona también repasa las actuaciones en los mundiales siguientes se lamenta por los resultados. Para que quede clarito: yo hubiera querido llegar a este año 2016 con siete estrellitas más arriba del escudo. Pero no, carajo, tenemos dos, nada más y para mí es una puñalada en el corazón.

También reconoce al ex presidente Raúl Alfonsín, quien no capitalizó los festejos en el balcón de la Rosada “y los dejó solos”, para reconocer luego su apoyo a Cristina Fernández de Kirchner. Diego destaca el programa De Zurda, que se emitió por Telesur en el año 2014, junto a Víctor Hugo Morales, para plantear la necesidad de que no hay que buscar un salvador, ni en la familia, ni en el fútbol, ni en general.


En suma, “Mi Mundial, Mi Verdad”, es el relato de una hazaña en la voz de Maradona, que se plantea desde el primer momento pegar con las palabras, casi una arenga con el puño cerrado. Eso, eso quería. Pegar con las palabras. Pero pegar bien. Llegar al corazón, dice el Diez. 


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