domingo, 24 de julio de 2016

"Una muchacha muy bella", de Julián López


Mi madre era una muchacha muy bella. Tenía la piel pálida y opaca, hasta podía aventurarme a decir que azulina, un destello que la hacía única y de una aristocracia natural, lejana de toda trivialidad mundana… mi madre era una muchacha bella y voluptuosamente delicada; aún cuando pasáramos la vida que vivimos en una casi absoluta soledad, tenía un modo extraordinariamente sensual de ser para sí, y claro, ahí estaba yo con mi siete años, también para mí.

Así comienza la obra de Julián López, una novela que aborda los años setenta desde los ojos de un niño. El libro está colmado de olores y exquisitos detalles. También de una época que se percibe agazapada y amenazante.

Ambos viven en un departamento de dos ambientes, de persianas bajas, con algunas postales, libros y una foto del Che. Comparten su vida con Elvira, cancionista de tango, vecina centinela y ordenada que tiene el lujo de contar con un teléfono en el edificio, que cuida de su hijo cuando ella sale a sus reuniones de militancia, una palabra que no se nombra pero que se describe en más de una oportunidad con una puerta del baño abierta y a la joven atándose el pelo para hacerse una cola de caballo.


La voz del niño da cuenta de un Buenos Aires de “días raros” de finales de 1975, de sus esfuerzos para complacer a su madre que se desdobla entre el compromiso y su hijo, con sobornos de golosinas, fideos moñito con manteca y las visitas del tío Rodolfo y sus charlas de grandes, espaciadas y misteriosas.

En el libro abundan los olores: el azul metálico del miedo que su madre traía de sus salidas o luego de haber recibido algunos llamadas, el aroma intenso de un té oscuro o el de los cigarrillos 43/70. Y también de comidas, del aroma en la cocina luego de pelar chauchas de arvejas o habas, las salchichas con puré, las tostadas o el Nesquick.

Una noche la joven tiene que salir y sin poder encontrar a Elvira, deja al niño solo en el departamento. Regresa al poco tiempo, con los ojos hinchados, como dormida con los ojos abiertos, menos irritada, más cansada… sin el aire de olor metalizado que solía tener cuando volvía de sus salidas. Luego sucede acaso la escena más bella de la obra, cuando decide preparar una cena, a una imprecisa y alta hora de la noche.

Brindamos, comimos las salchichas frías y el puré endurecido pero no dejamos de hablar en ningún momento; después de la manzana de postre, mi madre, mi madre calentó café, se sirvió un pocillo, volvió a la mesa y se encendió un cigarrillo… yo la miraba fumar y ella parecía entablar diálogos vaya a saber con quién, o con quiénes, arqueaba las cejas, se tocaba el pelo, largaba las primeras bocanadas de humo como respuestas ampulosas y las intercalaba con finales de humareda que le salían por la nariz, como asintiéndose o retrayéndose en esa charla interna. Yo volví a respirar poquito, no quería perderme un solo detalle de ese momento, de la muchacha bella enfrente de mí, charlando en silencio y a sus anchas, húmeda, notablemente sexy, lanzada, y, por una noche —como hacía mucho tiempo no— despreocupada.Me encantaba verla así y no me importara que hablara con otros hombres, era claro que hablaba con otros, le brillaban los ojos, la sonrisa se le ponía tímida y pícara, fácil y el pelo se le abría oscuro como una de esas flores nocturnas y carnívoras que solo conocen las ánimas del desierto.

Al día siguiente su madre limpiaba la biblioteca, con la cara lavada y el pelo atado con una cola de caballo, eligiendo libros, vaciándolos de flores secas, con el gesto serio y esa cara que avisaba que no estaba para nadie, para luego distenderse y compartir un poema. Amaba los libros e intentaba inculcarle esa pasión a su hijo. Mi madre decía que la diferencia la hacían los libros, que me fijara en eso cuando entrara a una casa. Si había libros era otra cosa.

Días previos a la Nochebuena. En la casa de su vecina se suceden los llamados y él sale de paseo una tarde, a ver Titanes en el Ring. Regresan de noche para encontrarse con la muchacha muy bella echa un ovillo en el sillón, la cara escondida entre las rodillas, la persiana completamente baja.
Mamá, no te preocupes, mañana es Navidad.
Sí, hijito. Mañana es Navidad.

Pasa la Navidad compartida con Elvira y su hermana y se sucede un verano de manchones sueltos, un otoño de normalidad hasta llegar a una tarde de junio y una casa rota que cede su voz a un narrador que escribe desde el presente.

En mi escritorio hay poca cosa y el té heredado, cuenta. Se deslizan reproches por haberse quedado solo, cuestionamientos a tramas que parecen intocables: todo se dirime entre quebrados y leales. Nunca supe de nada más católico que eso, nunca supe de nada más macho y vaticano. No hay ningún hombre nuevo volviendo de entre los muertos. Ni entonces, ni hace dos mil años. Hay una muchacha bella pedida para siempre en el espanto y un quebrado que se ahoga y no puede distinguir cuál es su recuerdo.

“Una muchacha muy bella” es un libro imprescindible, muy recomendado. Alude sin ser explícito y se centra en las pequeñas cosas, en finos detalles, para reponer una época que no pierde vigencia. ¿Quién fue esa muchacha muy bella?, ¿qué pensaría de la actualidad?, preguntas y más preguntas para las que no hay más respuestas que las de seguir narrando.
(Publicado también en Plan B Noticias)

El autor

Julián López nació en Buenos Aires, en 1965. En 2004 publicó el libro de poemas Bienamado. Integra diversas antologías de poesía, entre ellas Lo humanamente posible, editada por El fin de la noche. Desde 2006 codirige el ciclo de lecturas Carne Argentina.


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