domingo, 31 de julio de 2016

Versos en la puerta


Se escribe en cualquier lado. Un papel, una pared, la palma de una mano. Se anota un recordatorio, un número de teléfono, la lista del supermercado, el nombre de un amor, hasta algunos versos, como los escritos en esa puerta.
No era una puerta cualquiera. No se trataba de un baño de dudosa y entrañable reputación, sino de una residencia universitaria. Paula se acomodó el pelo detrás de la oreja y paladeó los versos. Por suerte estaban firmados.

Buscó el nombre del poeta. Nada, o las sugerencias de Internet no eran las mejores. A menos que el tipo tuviera el pelo platinado. O ese otro, posando con un auto que no supo identificar pero que imaginó caro. Y con una modelo cosificada a su lado.
Afuera llovía. Y mucho. Extraño para la ciudad ajena en donde estudiaba.  Contaba con comida para una semana y no había excusas para salir del departamento. Se preguntó por qué no había aprovechado el fin de semana para refugiarse en los mimos familiares.
¿Serían esos versos? Alguien también había estado solo. Y lo había soportado. Quizás extrañar era un señuelo para nunca salir de casa.  Si algo había aprendido en este tiempo era el valor del silencio que interrumpía con algunos discos. Pensó en su hogar. En ese mojón en medio de la llanura, rodeado de colores claros, con una extensión que podía maravillarla. Y también angustiarla.
La ciudad que la cobijaba era tranquila. Prolija y no tan diferente a su pueblo, por lo menos en eso de juntarse y mostrarse en la plaza. Había hecho amigas, la solidaridad tácita de quienes son del interior. De parejas ni hablar. No había venido a eso y lo tenía en claro. O por lo menos así lo creía.
Pero todos sus planes comenzaron a desmoronarse al  leer esos versos en la puerta. Hasta se animó a preguntarle al encargado de la residencia, que no lo recordaba. “Pasan demasiados pibes por acá”, se excusó.
Ya era un dato. En el campus solo podían estar dos años. Estudió los trazos del marcador sobre la puerta. Indeleble, pero no tan descolorido.  Le llevaba pocos años de ventaja. Y comenzó su búsqueda. Preguntó en años superiores de su carrera, en el comedor universitario, retiró libros que imaginó que leería buscando su nombre entre las hojas porque —imaginaba— solo podía ser poeta.
Seguía sin hallarlo pero no se desalentó. —No. Imposible —dijo cortante la empleada del Departamento de Alumnos ante su insistencia.
—Pero Dora, necesito saber quién es.
—No. Vos necesitás conectarte con personas, Paula, ya te lo dije.  ¿Además, por qué pensás que estudió Letras?
—¿Lo ves en Ingeniería?
—Te sorprenderías. Pero no estudió Literatura. Ya me fijé —dijo como al descuido y siguió con sus papeles.
—Gracias.
—Gracias no. Tenés que sacarte eso de la cabeza. ¿La de la pintada fuiste vos, No?
—¿Qué pintada?
—No te hagás la tonta. La que está frente al Comedor Universitario.
—¿Cómo lo supiste?
¿En serio? —Dora le clavó la mirada.  —Me preocupás mucho.
—Pero si no me conocés.
—Sola. Del interior. Sí te conozco. ¿Cómo van esos estudios?
—Muy bien.
El poema y el diálogo regresaron en la colación de grado. Recordó la búsqueda de un poeta de versos rabiosos escritos en la puerta de una residencia universitaria. Intuyó que le debía parte del camino recorrido.
 Se preguntó si alguna vez lo hallaría. Pensó en la imposibilidad de un mundo sin atajos para decir lo indecible, sin amuletos y conjuros convocados por la poesía, banderas ineludibles como el aire que respiraba o el abrazo emocionado de su familia.


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