domingo, 14 de agosto de 2016

El Maxi

Foto: OPSUR

El pibe apenas podía sostenerse. El oficial lo zamarreaba y le preguntaba su nombre. Nada. Una marioneta que movían a su antojo. Me sorprendieron sus ojos. Negros. Espesos. Sin brillo. Me detuve en el banco y fingí atarme los cordones de las zapatillas. El policía más bajo se reía.

—¡Nelson! ¿Otra vez? Dejate de joder viejo. —Se dieron vuelta sorprendidos.
—¿Lo conoce señor?
—Sí. Es un amigo del barrio.
—¿Está seguro? —preguntó el más alto.  Había bronca ahí. O desconfianza, quizás ambas.
—Documentos por favor.
Le alcancé la libreta verde.
—Está desactualizado.
—Lo sé.
—¿Quién es usted y qué hace?
—Laburo ahí enfrente. ¿Cuál es su nombre? —retruqué y señalé la redacción. No contestó como midiendo su respuesta y me devolvió el documento. El oficial más bajo sentó al pibe en el banco.
—No puede andar así por la calle. Anotá los nombres de los dos —ordenó.
—No se preocupe, yo me encargo —dije y posé una mano en el hombro del pibe que seguía en otro mundo.

Así conocí al Maxi, aunque no sé si era su nombre real. Olía a exclusión, a vino en cartón, promesas robadas. Nos quedamos en ese banco y esperé a que pudiera articular palabras.
Lo dejé contra las bardas, entre cigüeñas petroleras. El cielo era un infierno anaranjado, implacable sobre el barrio y sus casas de cartón y chapa. Lo vi alejarse, perderse en las calles barrosas.
Unos gurises jugaban al fútbol con una pelota improvisada y ladrillos como arcos. La discusión por un gol, el abrazo en otro. Enfrente, la cara del candidato a gobernador formaba parte de una puerta. En la casucha de al lado un tipo fumaba. El torso desnudo. Ojos Negros. Espesos, sin brillo en la mirada.


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