domingo, 18 de septiembre de 2016

Libros



En casa sobran libros y es probable que falten otras cosas. No es extraño interrumpir lo que se está haciendo para leer una frase, quedarse demorado en un verso o una reflexión leída al paso; zancadilla necesaria contra lo cotidiano, como si las palabras pudieran contrarrestar un mundo empeñado en ser ficcional, con referencias inverosímiles o muy tristes. O ambas.

En casa sobran libros, privilegio descarado mientras otros pugnan por sobrevivir a diario. Algunos venden cosas innecesarias. Otros solo piden. Todos quieren ser visibles en la tierra del cinismo y las inversiones que no llegan pero exigen sacrificios a los mismos de siempre.

En casa sobran libros. No sé si es una cualidad. Es así y a nadie le sorprende hallar aquel ejemplar que buscábamos hace tiempo, escondido entre unos papeles, bajo una pila de apuntes, planificaciones o dibujos. Aparecen. De improviso o agazapados pero ahí están.

Algo de eso ocurrió  con “Las uñas en el pizarrón”, ese "Permiso" de Aníbal Alexandrescu y el remar con tenedores. Como los que se queman las manos con sus malabares, o se cortan juntando vidrios y cartones mendigando sobre vida en las calles. También están ahí.

En casa abundan los libros y crece la pila sin leer, la búsqueda de esa entrelínea que deslice algo parecido a la sorpresa, suerte de pacto y renacimiento que impide bajar los brazos y parece renovarse con los años. Aunque sobren páginas y falten otras cosas. Incluso un cierre para este texto.



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