miércoles, 26 de octubre de 2016

Temporal

La esperaba sentado en la vereda. Voy por vos, dijo. Pensé que se había olvidado cuando la vi. Dobló a toda velocidad en una moto que parecía duplicarle el  tamaño pero que dominaba con una habilidad envidiable.
Pasó por mi costado y se detuvo frente a mí. Se quitó el caso y por un instante el aire se llenó de su perfume. Un mechón de pelo negro le cruzaba la frente.
 —Perdón por la demora.
—No hay problema.
—¿Cómo te fue?
—Bien, logré solucionarlo. ¿A vos?
—También. No fue tan largo como pensaba —alegué y tanteé a ver si había guardado el grabador.
Sonrió. Una pincelada de alegría. —¿Donde te dejo?
—Donde quieras —respondí.
—Entonces acá.
Mi modestia, esa jodida costumbre.
—Acercame a la parada.
—Bueno subí.
Nos miramos y me pareció reconocer un destello. Me acerqué y nos rozamos, algo a medio camino, entre un beso y una duda.
La sorpresa. De ambos. Otro beso. Ahora sí, de verdad.
De aquella tarde quedaron geografías exploradas, respiraciones y el aroma de la lluvia que usurpaba el departamento, memorias del cuerpo y sus olores, estocada de nostalgia en la tregua del temporal.

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