sábado, 26 de noviembre de 2016

Los tambores en la Plaza




¿Fue tu risa? ¿O la forma de acomodarte el pelo detrás de la oreja? No estoy segura. Quizás los tambores en la Plaza, todo es posible. Lo cierto es que me enamoré. Te lo dije apenas tuve oportunidad, una sarta de palabras, la torpeza al hablarte.
Te sorprendiste: estás loca, es lo más lindo que me dijeron, pero no puedo.
Me abrazaste fuerte. Y pude sentir el miedo.
Cursábamos juntas. Nos acercó un taller contra la violencia de género y yo intuí que había algo más que curiosidad. Me lo soltaste una tarde, sentadas en el monumento, entre mate y mate. Él empezó con gritos, uno que otro empujón, un obseso del control. Las huellas de sus manos en tu cuello ocultas con el pañuelo hindú.
—Dejalo y venite al departamento. Es chiquito pero nos arreglamos. Hasta que encuentres algo.
—Gracias. Me prometió que era la última vez.
La cursada y el taller llegaban a su fin. Él a veces venía a buscarte cuando salía del gimnasio. Un cuerpo torneado, suspiro de algunas, envidia de otros. Nada fuera de lo común.
Me sorprendió que faltaras al último parcial. Nos habíamos enredado juntas con Hegel, su Dialéctica del Amo y el Esclavo. Yo guardaba la esperanza de que dieras el salto necesario y te reconocieras en algunos pasajes, esa ingenuidad de que las palabras pueden ser reveladoras en algún momento. Sobraban amenazas y moretones. No pude convencerte de que hicieras la denuncia.
Nos vimos en la instancia de recuperación y parecías angustiada. Era cuestión de tomar decisiones. Pero lo querías y contra eso, remar con tenedores, diría un poeta amigo.
Yo temía lo peor, pero llegaba diciembre. Volverías al interior, a ese lugar de siestas eternas y miles de estrellas. La posibilidad de poner distancia en una relación enfermiza. Me habías invitado en enero.
—Hace mucho calor —advertiste.
—No me molesta para nada —Tu risa. Liberadora, la que me cautivó. Recordé a Hegel. Quizás las palabras podían cambiar a las personas.
—¿Y Eduardo? —pregunté.
—Le dije que necesitaba espacio. Y tiempo con la familia. —Entrechocamos vasos. El abrazo intenso.

El llamado de Carla fue de madrugada. Lloraba. No entendí, pero supe que algo andaba muy mal. La “tragedia”, como la definieron algunos, conmovió a la ciudad. Una andanada de golpes hasta que no te moviste más, la huida y el suicidio del miserable cuando se vio acorralado.
Las preguntas inútiles, esa sensación de que debí hacer algo más me acompañan desde entonces. Vestirse de negro el ritual para recordarte y alertar contra una violencia naturalizada.
Suenan los tambores. Los que disfrutamos sentadas en el césped y acompañan cada marcha. Miro los carteles y guardo cada detalle para contarte luego. Los médicos no clausuran la esperanza y todavía esperamos a que despiertes. Hoy llevo algo de Girondo para leerte.

Publicado en Plan B Noticias


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