miércoles, 8 de febrero de 2017

La tormenta



—Qué hacés.
No me contestó. Miraba hacia la ventana.
—¿Cómo estuvo el viaje? —su tono de voz se apagaba.
—Bien, como siempre.
—¿Sabés qué pensaba? En aquella escapada a Buenos Aires, cuando empezamos con la librería, ¿te acordás?
—Sí, como no. Estuvimos horas buscando la distribuidora.
—¿Fue un buen viaje, ¿no? —giró hacia mí e intentó esbozar una sonrisa. Rapada, los ojos hundidos pero con el brillo rebelde de los que todavía pelean— Chacarita, las calles. Ese pibe que tocaba el violín en el subte.
—Luego recorrimos el cementerio buscando tumbas antiguas.
—Sí… ¿Habrá otro lado? A veces quiero creer que sí…
No me animé a contestarle. Ana estaba cubierta de sondas, la piel amarilla. Respiraba con dificultad.
—¿Me sacás de acá? Extraño mi casa.
—¿Qué dicen los médicos?
—Que vamos bien. Pero se ve que mi cuerpo no les cree. Mirá ese cielo.
Afuera el día se encapotaba. Algunos rayos del sol resistían el embate de las nubes grises pintando un degradé azulado y naranja.
—Es muy bello —murmuré.
—Anoche soñé con mamá. Estábamos sentadas en la galería, en la casa de Castelar. Ella me leía algo. No recuerdo qué. Yo no podía quitar la vista de los yuyos que avanzaban sobre los cerámicos blancos y negros y miraba los geranios marchitos. Olían a podrido. Me desperté descompuesta por el olor. Entonces me di cuenta que salía de mi piel.
—Fue una pesadilla, nada más.
—No sé. A veces pienso que lo mejor que nos pasó fue no tener hijos.
—¿Qué tienen que ver los hijos?
—Y mirá si te dejaba sola con ellos. Pobrecitos. Todos.
—No seas tonta, vamos a salir de esto.
—¿Qué te dijeron en el Fleming?
—Que hay una droga nueva, alemana. Dicen que anda muy bien.
—Sos gracioso —ironizó.
—Por qué lo decís.
—Tan mal mentiroso como buen abogado.
—¿Qué gano con mentirte?
—Vení. —y extendió su mano con la palma hacia arriba.
Entrelazamos los dedos. Estaban helados.
—Prometeme que te vas a olvidar de esto. Y te vas a buscar una chica joven, esas que van a tus clases.
Sonreí. —Te prometo que en un tiempo nos vamos a reír de esta charla.
—Sabés, ayer me dolía tanto la cabeza que quise largar todo, que terminara de una buena vez.
No supe qué decirle. Le apreté la mano y me mordí los dientes.
—¿Fuiste a casa?
—Sí, pasé hace un ratito. Aureliano te extraña. Y estaba acostado sobre la almohada para variar.
—Mi bebé… sé que mucho no lo querés, pero no lo retes…
—Ya acordamos un pacto de no agresión. Hasta me ronronea.
—¿Cómo anda la librería?
—Bien. Malena se encarga de todo. Está enojada porque todos andan embobados con Grey y sus sombras. Me dijo que mañana venía.
—¿Qué vas a hacer con las dos? Cuando no esté, digo.
—Si hay algo que me enamoró siempre de vos fue tu optimismo.
—Dale. Ya lo afronté. ¿No te basta con mirarme?
—No hay que rendirse antes de tiempo.
—Tampoco someterse a cualquier cosa, no quiero irme así. Lo hablamos, ¿te acordás?
Asentí. —Me dijiste que lo vas a intentar hasta último momento.
—Sabés que sí. Pero no me contestaste la pregunta.
—Todo seguirá igual.
—¿En conmemoración mía? Yo no me voy a enterar si la cerrás —respiraba con mucha dificultad— la gente y esos gestos de hacer cosas que al otro le hubiera gustado… supongo que será el consuelo de los que se quedan.
—La librería seguirá abierta y vas a volver a atenderla. Además, le aseguraste a los chicos que iban a tener su stand de poesía regional. ¿O no?
—Es cierto. Ah. Y esto es muy serio. Prometeme que no vas a editar mis poemas… son muy cursis.
—Los vamos a editar juntos, con presentación, amigos. Y nos vamos a emborrachar y todo.
—Lo que daría por una copa de vino. Y Aureliano entre mis faldas.
El trueno hizo vibrar la ventana. El cielo encapotado y negro se asomaba entre los edificios.
—Mirá ese cielo… —dijo Ana.
Le apreté la mano y me mordí los dientes. Ella apoyó su cabeza contra mi hombro. Un nuevo relámpago iluminó la noche.


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