martes, 28 de febrero de 2017

Los impostores



“Quizás yo tenía las palabras contadas y ya las dije”. Lo escuché mientras pensaba en el camión volcado del sueño, esa sensación de ahogo al quedar dentro de la cajuela, con aire enrarecido y pocas chances de escapatoria.

Extendí mis brazos con mis palmas hacia arriba—Pose sus manos sobre las mías.
El cincuentón dudó pero me hizo caso. Estaban húmedas, podía ser por el calor que no aflojaba.
Cerré los ojos. Necesitaba fe y pensaba dársela.
—¿Cuánto hace que no escribe?
—Mucho tiempo. Temo haber perdido el toque.
El toque. Iba a confesarle que no lo conocía y me consideraba una ávida lectora, quizás porque la literatura y la adivinación se sacaban chispas en eso de interpretar señales para decir otra cosa. Debía estar muy desesperado para llamarme a su casa.
Vivía en un modesto monoambiente, con un gato viejo y una computadora de la misma época. Desaliño general, como si se lo hubiera devorado un personaje y un reciente abandono, a juzgar por la foto que todavía estaba sobre la mesa.
Dejé pasar un tiempo impreciso. Podía oír su respiración agitada. Nada. Él no era el único impostor. Atrás quedaba mi juventud y esas visiones que me dieron cierta fama en ciertos círculos, hacía mucho tiempo.
Pensé en mi sueño y la sensación de ahogo, ese instante en que no descubrimos una salida. Pero siempre la hay.
—Noto su desesperación, como si le costara respirar, perdido en un campo de niebla. No está asustado, solo perdido.
Abrí los ojos. Ya tenía su atención.
—El secreto está en no desesperarse. Puedo sentir esa historia que tiene para contar. Le corroe las entrañas de manera silenciosa. Pero debe aprender a esperar.
—¿Está segura?
—Tiene mucho para decir todavía. La niebla va a desaparecer. Y se reirá de este momento. Nada dura para siempre. A excepción de la muerte, claro.
—Pero… desde que me dejaron nada tiene sentido.
—Quizás deba empezar por ahí. Pero la advierto, no regresará. Lo veo solo.
Bajó la mirada. No podía decirle que cargaba demasiados fracasos y que nosotras somos especialistas en detectarlos. Y que ya no pagaba la figura del escritor torturado. Ni la de las adivinas. Ahora alcanzaba con una vida falsa detrás de las pantallitas y la ingenua sensación de que podías tenerlo todo.
—¿Usted dice que cuente mi historia con ella?
—Digo que escriba. Después verá. Si arranca por ahí, es cosa suya. Debe seguir. A pesar de.
—Oiga, eso es Lispector.
Fingí no escucharlo y proseguí: —debe aprender a confiar más en sus instintos. Solo usted sabe cuando tocará fondo. Y no tendrá más remedio que empezar de nuevo. —le solté las manos. Pasamos unos minutos en silencio, parecía aliviado. El gato roncaba en una de las sillas.
—¿Qué le debo?
—Nada.
—¿Cómo que nada? Por lo menos déjeme invitarla una copa. Solo deje que lave estos vasos.
Negué con la cabeza. Era el primer ingenuo que me llamaba en mucho tiempo y por un momento la idea de juntar soledades no me pareció tan mala.
—Hágame caso. Escriba sobre ella. Y limpie esto. Es un chiquero.
Se sorprendió. Sonreí y me devolvió la sonrisa. Lo pesqué mirándome el escote.
—¿Puedo llamarla de nuevo?
—Cuando quiera. Pero no será gratis le advierto.
—Espero que no lo sea. ¿Ludmila no es su nombre, no es cierto?
—No. Y también a veces pienso que he perdido el toque.
—¿En serio que no quiere quedarse?
—No. Esta vez no.

Así nos conocimos. Un día los gatos fueron dos y dejamos de ser impostores, al menos cuando estamos juntos.

Publicado también en Plan B Noticias

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