lunes, 3 de abril de 2017

Dos mil siete

Arroyito. Cacería de docentes por los campos, las primeras informaciones, la reivindicación de la represión y la mano dura, el murió en el mensaje de texto. Ese nueve de abril con la peque de meses y los algodones en los oídos por las bombas de estruendo. Imágenes sueltas que regresan a su antojo. El primer discurso de Sandra. La rebeldía de las palabras para asociarse en un texto coherente. Diez años.

En aquellos años trabajaba a destajo. La bebé y sus sonrisas se quedaban con el resto del día, el bálsamo necesario, la caricia para seguir adelante. El paro llevaba mucho tiempo y uno perdía tiempo discutiendo con compañeros de trabajo, alienados por un discurso anti sindical, con punteros “autoconvocados” o la justificación de la policía que recababa datos en las escuelas.

No soy docente. Vivo con una y sé de su desvelo por buscar estrategias de enseñanza —rodearle al hueso diría yo— el trabajo que no se ve en el aula, a tiempo completo. El llegar a casa y que siga pensando en un caso para pedir asistencia al ciento dos. También de su alegría cuando se le cuelgan del cuello o esa luminosidad indescriptible cuando logran entender un tema enrevesado; “sus chicos”, de los que habla a diario. Donde no entramos ni la peque ni yo. Nombres que no asocio con caras, pero basta andar por el centro y que un adolescente la salude para escuchar: “alumno mío en tal año”.

Recuerdo haber escrito un diario de aquellos días, como si tuviera autoridad para hacerlo. Fue tiempo después, con la muerte a cuestas, a pesar de que el tema solo me roza. Siguieron las citas ineludibles a las marchas, el pedido de justicia completa.

Pasó una década, la peque creció y estamos frente a otro conflicto con gran presencia en las calles. Se amenaza a dirigentes, se estigmatiza, se acerca Semana Santa. Gobierna otro Omar, amigo de Macri. Demasiados paralelismos.

También hoy como ayer la respuesta es la misma: puedo entender el malestar de algunos, pero educar es también enseñar a reclamar por lo que corresponde. Recordar que tenemos los mismos derechos, que llega un momento que hay que plantarse para no perderlos.

No hay caso. Las palabras siguen atoradas. Los enredos de una fecha que no es cualquiera, que no hay que olvidar. Otro cuatro de abril y el grito de justicia, la caminata por las calles para que la ausencia duela menos, el estupor por un guardapolvo que falta. Como en aquel dos mil siete.

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