miércoles, 3 de mayo de 2017

La naranja mecánica




...Hay que creer. Yo tenía que creer simplemente lo que estaba ocurriendo,
tomarlo con naturalidad: vivirlo.
(Abelardo Castillo, Carpe Diem)


El golpe me despertó, oscilaba demasiado y temí que fuera a romperse con nosotros adentro. Me habitué a la penumbra y la dejé conciliarse con el sueño. ¿Truenos? No estaba seguro. Llegaban las primeras imágenes. Disfrutaba de mis amigos, acompañados de bebidas generosas en gradaciones y colores. Teorizábamos sobre mujeres, fútbol y un poco menos de política, pacto ineludible para seguir juntos luego de tantos años. Por ahí se colaba una confesión o deseo postergado mientras la vida nos atropellaba.

El Flaco estaba rozagante, ni rastros del cáncer. Vamos carajo, decía. Traté de retenerlo, guardarme la expresión de felicidad que se fue desvaneciendo a medida que corrían los minutos y la vigilia ganaba terreno. Corrí la cortina. Negro absoluto afuera.
Dibujé un círculo en la ventanilla. Dos puntos a los costados, uno al medio. Sin sonrisa. El vidrio me lo negaba pero sabía que detrás se ocultaba el campo. Podía olerlo, agazapado entre los caldenes y las lomadas, un malón rabioso a punto de arrasarlo todo.
El colectivo se detuvo en el andén y me recibió el olor del aceite en el asfalto. Lloviznaba, esa garúa tenue que disfrutaba de adolescente cuando recorría la ciudad. Acepté el desafío de ir a pie por veredas y baches que había dejado atrás cuando las palabras búsqueda y huida eran el horizonte posible. Seguían siendo la brújula aunque pasara el tiempo. Siempre he vivido buscando un lugar donde empezar una nueva vida, pero en el fondo todos los lugares se parecen, no bien llego yo, dice un personaje de Bryce Echenique. Algo así.
Llegué a la rotonda, frente a la Dirección de Turismo. Lo mejor era caminar entre los canteros de la Avenida San Martín. A pesar de la lluvia, adolescentes se apiñaban con sus motos. Risas, cigarrillos, y música que no terminaba de entender. Se los veía bien.
No había hecho una cuadra cuando la vi parada en la esquina. La naranja mecánica. Me burlé de mis recuerdos, la traición de la nostalgia en esa noche helada. Pero allí estaba, el Citroën 3CV conocido. El golpe en uno de los faros.
—Nunca lo arreglé —oí a mis espaldas. Su voz. La imposibilidad. No me atreví a darme vuelta.
—¿Por qué?
—Quizás para no olvidar. ¿No me vas a dar un abrazo?
Giré y nos apretamos fuerte. —Flaco— me oí. Tenía muchos rulos y una sonrisa clara, tan distante de sus días finales.
Vio el bolso de mano, los auriculares sobre el cuello. —¿Recién llegás? Te llevo, dale.
—No entiendo…
—¿Qué hay que entender? Subí, ¿qué estás esperando?
El auto se quejó y terminó por arrancar. ¿Hasta dónde llegaré?, es difícil de creer, cantaba Cerati.
—¿Cómo van tus cosas? —preguntó.
—Sobrevivo.
Un silencio breve se interpuso entre ambos. Contuve un ligero temblor y me amigué con la posibilidad. Ahí estábamos, como si su cara en el ataúd hubiese sido una pesadilla. Me pregunté cuánto faltaba para despertarme a bordo del colectivo. Es imposible, balbuceé.
—¿A mí me vas a hablar de posibilidades? No tenía muchas desde que la enfermedad se declaró pero no por eso dejé de creer.
No supe qué decirle. El Citroën 3CV frenó en el semáforo.
—Decime que seguís escribiendo —me miró desde sus ojos oscuros.
—Sí. Algo menos. Es extraño. Debería afianzarme con los años, pero lo único sólido son las dudas.
Sonrió. —Nos faltaron algunas charlas, ¿no?
—Postergamos pensando que somos inmortales —me arrepentí apenas terminé la frase. Me miró. No supe si había ironía o pena en esa mirada. Si era un sueño, esperaba que no terminara nunca.
—¿Cómo es que estás acá?
Levantó las cejas. —Puedo adelantarte que Castillo no descubrió nada, es común que los mundos se crucen. Y después hablan de creatividad.
—Más respeto, que es uno de mis escritores favoritos.
—El mío también, por eso lo digo.
—Cortázar hablaba de pasajes.
—Otro. Al final, los escritores son un plagio. Y chiflados que piensan vivir de escribir.
—No, chiflados estás vos, viejo, que seguís andando en esta batata.
Frenamos. —No te metás con la naranja mecánica —dijo y aceleró. Dos motociclistas que estaban a nuestro lado nos miraron sorprendidos. —¿Hasta la laguna?— desafió el Flaco. El semáforo se puso en verde y nos sacaron varios metros de ventaja.
—¿Y? —. El Citröen 3CV no se movió.
—¿Que querés?, que nos matemos?
Carcajadas, varias. Alguien nos tocó bocina, hicimos unos metros y estacionamos frente a la Plaza. —Veo que no perdiste el sarcasmo.
—… Y si no me lo tomo así. Cambiá esa cara. —Era el mismo de siempre, a pesar de las grietas en la voz, la opacidad que atribuí a la oscuridad del auto.
—Vamos por unas cervezas. ¿Todavía existe el bowling sobre la Circunvalación? —pregunté.
—Sigue ahí. ¿Mejoraste desde la última vez?
—No, para nada.
Por el gesto del encargado, el lugar estaba a punto de cerrar cuando llegamos. Aceptó el pedido, pero de jugar ni hablar.
—Flaco, ¿esto es real?
—Tanto como trabajar a diario y acumular cosas para nada. Perdoná la filosofía barata. Llega esta hora y me pongo insoportable.
—Coincido, en lo de insoportable, digo.
—Epa, estamos acá porque vos creés, así de sencillo. —Bebió un sorbo de cerveza y clavó la vista en la mesa. —¿Sabés que es lo que más jode? La tristeza de los que quedan. Dicen que el tiempo la cura, ojalá.
—Creo que nos permite ojear con tranquilidad —musité. Chocamos vasos.
—Soy un espía, un espectador —tarareó. —Contame de vos.
Me oí hablando de libros, de la búsqueda de la palabra precisa, los peligros de los lugares comunes. También de amor, la vida y sus zancadillas, viajes y eso que llamamos casa, que puede estar en cualquier lado. No faltaron las viejas anécdotas y el recuerdo del barrio y los amigos, ese círculo férreo que se mantiene en pie, a pesar de la distancia y los años. Me miró. Por un momento se desdibujó. No pude sostenerle la mirada.
—Bueno, es hora de irse.
Una neblina débil se posaba en la madrugada. Subimos a la naranja mecánica y regresamos sin hablar a la ciudad, acompañado de sus canciones. Me dejó en la esquina, no quiso acercarse más. El abrazo interminable.
—¿Nos volveremos a ver?
—Cuidate, gracias por esta noche.
El flaco vio el abollón en el faro, sonrió y movió la cabeza. Se subió al auto y me saludó con la mano. No gastes fuerzas para comprender, sólo así yo te veré, a través de mi persiana americana, se oía desde el interior. Lo miré irse hasta que el Citroën 3CV  se desvaneció en el asfalto.

Publicado en Plan B Noticias

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