domingo, 4 de junio de 2017

Alivio contra la ferocidad II




El sol todavía no calentaba y era una intención entre los árboles. Esteban sacó el último cajón y lo apoyó sobre el de los tomates. Estudió la combinación de colores: naranja, amarillo, rojo. Debió haber sido pintor. Casi podía oír a las zanahorias disputando los sabores con los limones mientras los demás observaban.

Arriba más cajones. Pero de frutas. Manzanas, naranjas, bananas y el tesoro más preciado: sus peras. El legado del abuelo que pasó de mano en mano, el desafío al tiempo, la porfía contra lo efímero.
Separó las mejores manzanas. Bastaba tocarlas con la yema de los dedos, dejarse llevar por su aroma. Hizo lo mismo con las peras. Olé. Descubrí la tierra, la mezcla con el sudor, el trabajo duro, la bronca contra los especuladores. Todo está ahí, repetía el viejo.
Le pareció verlo tras los álamos. Todavía lo extrañaba.
Miró las frutas y las colocó en el alféizar del ventanal para el ejército de invisibles que poblará las esquinas con sus malabares, bolsas de residuos, pañuelos y agua helada para limpiar vidrios.
La mañana haría el resto.

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